LA FUNDACION GALA

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La Fundación GALA es una Empresa de Familias Unidas en CRISTO. Noel Serrano,Director,Raquel Gonzalez, Editora

06/13/2026

EL CAMINO A CRISTO

Por Noel Serrano

El corazón humano es un vagabundo incansable, que busca constantemente un sentido de plenitud, pero a menudo lo encuentra en destinos que lo dejan completamente vacío. Desde los albores de la creación, la humanidad ha intentado forjar sus propios caminos hacia la plenitud, la seguridad y la rectitud, apoyándose en los frágiles cimientos del esfuerzo humano, la búsqueda moral y la ambición mundana. Sin embargo, la narrativa bíblica nos recuerda continuamente que estos caminos construidos por nosotros mismos son callejones sin salida. El profeta Isaías captó esta condición humana universal cuando escribió que todos, como ovejas, nos hemos descarriado, cada uno siguiendo su propio camino. La tragedia inherente del viaje humano alejado de Dios no radica simplemente en que estemos perdidos, sino en nuestra absoluta incapacidad para construir un puente sobre el abismo infinito que nuestra propia rebeldía y caída han creado entre nosotros y un Creador perfectamente santo.

El verdadero despertar comienza en el momento de la hermosa fragilidad, donde la ilusión de la autosuficiencia finalmente se desmorona. Este es el lugar del arrepentimiento bíblico: no un mero sentimiento superficial de pesar, sino una transformación radical de la mente y el corazón, obrada por el Espíritu Santo. En el camino hacia Cristo, uno debe comprender profundamente que sus mejores obras son como trapos sucios ante la luz de la santidad absoluta, y que la salvación no se puede ganar, comprar ni negociar. Es en este valle de humildad donde la brillante luz del Evangelio irrumpe en la oscuridad. La verdad central e impresionante de la fe cristiana es que, mientras aún éramos impotentes, Cristo murió por los impíos. El camino a la vida no fue construido por manos humanas que se elevaron al cielo, sino por el Hijo de Dios que descendió a la tierra, llevando voluntariamente una cruz de madera hasta el monte Calvario para pagar una deuda que no tenía, por un pueblo que jamás podría saldarla.

Depositar la fe en Jesucristo es abandonar la agotadora rutina del mero ejercicio religioso y abandonarse en los brazos inquebrantables de la gracia salvadora. Esta es una entrega personal y definitiva donde Cristo es recibido no solo como una figura histórica o un maestro moral, sino como Salvador y Señor. Es un acto de total confianza en su obra consumada en la cruz y su resurrección victoriosa, que rompió para siempre el poder del pecado y la muerte. Cuando un alma da este salto de fe, tiene lugar un intercambio inmediato y milagroso, conocido como justificación. El pesado y asfixiante manto de nuestra culpa se quita, y en su lugar somos revestidos con la justicia perfecta de Jesús. El errante se transforma instantáneamente en ciudadano del reino, adoptado en la familia de Dios y recibe una paz que sobrepasa todo entendimiento humano.

Sin embargo, llegar al pie de la cruz no es la conclusión del camino; es el glorioso umbral de una vida completamente nueva. El camino hacia Cristo se abre a un caminar diario *con* Cristo, un proceso continuo de santificación donde el Espíritu Santo transforma dinámicamente nuestros deseos, afectos y carácter a la semejanza del Salvador. Esta nueva vida se caracteriza por una gratitud desbordante que nos impulsa a vivir para Su gloria, no para la nuestra, sirviendo a los demás, estudiando Su Palabra y permaneciendo en Su amor. Es un camino lleno de pruebas y lucha espiritual, pero se recorre con la absoluta certeza de que Él jamás nos dejará ni nos abandonará. El destino final de este camino es una eternidad en la presencia constante de nuestro Rey, donde toda lágrima será enjugada y finalmente lo veremos cara a cara, comprendiendo plenamente el hogar eterno para el cual fueron creados nuestros corazones.

06/07/2026

SACUDE LA SERPIENTE

Por Noel Serrano

El relato del naufragio del apóstol Pablo en la isla de Malta, registrado en Hechos 28, ofrece una profunda guía espiritual para los creyentes de hoy que afrontan las dificultades cotidianas de la vida. Tras sobrevivir a una tormenta catastrófica en el mar, Pablo se encontró en una costa fría y azotada por la lluvia, entre desconocidos. Mientras recogía un manojo de ramas para ponerlo al fuego, una víbora venenosa, ahuyentada por el calor, se le prendió en la mano. Los isleños locales inmediatamente asumieron que se trataba de un castigo divino, juzgándolo como un asesino al que la justicia no permitiría vivir. En lugar de entrar en pánico, gritar de miedo o implorar ayuda, la Escritura relata con sorprendente sencillez que Pablo simplemente sacudió a la criatura y la arrojó al fuego, sin sufrir ningún efecto adverso. Cuando los presentes vieron que no se hinchó ni murió repentinamente, su percepción cambió por completo. Esta victoria física sobre un depredador mortal sirve como una poderosa metáfora del veneno espiritual y emocional que intenta aferrarse a los creyentes en su vida cotidiana.

Así como la víbora se agitaba con el calor del fuego, la guerra espiritual y la adversidad a menudo se intensifican cuando una persona se dedica activamente a buenas obras o busca el crecimiento espiritual. El enemigo rara vez ataca lo que está estancado; más bien, el fervor del propósito y la devoción suele sacar a las serpientes ocultas de entre la maleza. En la vida diaria, estas víboras no se manifiestan como reptiles literales, sino como mentalidades tóxicas, ofensas, críticas y pruebas repentinas que inesperadamente se adhieren a nuestra mente y corazón. Cuando ocurre una traición inesperada, o cuando una ola de ansiedad intenta apoderarse de nosotros, la intención del enemigo es inyectar una dosis letal de amargura o desesperación que paralice nuestro progreso espiritual. El juicio rápido de los isleños resalta la rapidez con que el mundo que nos rodea proyecta condena y fracaso sobre nuestras circunstancias. Para sobrevivir a estos momentos, no podemos permitirnos mirar a la serpiente, analizar su mordedura ni minimizar la ofensa.
La fuerza de la respuesta de Pablo reside en su inmediata e inquebrantable negativa a ceder ante la amenaza. No se enfrascó en una larga batalla contra la víbora, ni permitió que su presencia interrumpiera su servicio a quienes lo rodeaban. Sacudir la serpiente al fuego representa un compromiso diario de arrojar nuestras preocupaciones, ofensas y temores al fuego purificador del Espíritu Santo y a la verdad de la Palabra de Dios. Cada mañana trae consigo la posibilidad de que nuevas distracciones y veneno espiritual se aferren a nuestros pensamientos, ya sea a través de una palabra hiriente de un colega, una noticia decepcionante o el residuo persistente de fracasos pasados. Dominar el arte de sacudirnoslo requiere una confianza inquebrantable en la victoria de Cristo, reconociendo que, por medio de la fe, el veneno ha perdido su poder para destruirnos. Al negarnos a permitir que el veneno del enemigo se instale en nuestros corazones, demostramos a un mundo observador, a menudo cínico, que la gracia de Dios en nosotros es infinitamente mayor que cualquier adversidad que intente derribarnos.

05/24/2026

EL DÍA DE PENTECOSTÉS SIGUE VIVO

Por Noel Serrano

El Día de Pentecostés se erige como uno de los puntos de inflexión más trascendentales y transformadores de toda la historia de la humanidad. Registrado en el segundo capítulo del Libro de los Hechos, marca el momento preciso en que el Señor Jesús ascendido cumplió su promesa divina de revestir a sus seguidores con poder desde lo alto. Antes de este día, los discípulos eran un grupo reducido y frágil, acurrucados tras puertas cerradas en Jerusalén, paralizados por el miedo y la incertidumbre tras la crucifixión. Pero al reunirse en el Cenáculo, la atmósfera terrenal se fusionó con la autoridad del cielo. Un sonido como el de un viento impetuoso llenó toda la casa, y lenguas de fuego se abrieron y se posaron sobre cada uno de ellos. No se trató de un susurro sutil ni de un cambio teológico abstracto; fue una invasión visible, audible e innegable del Espíritu Santo. De repente, pescadores y recaudadores de impuestos galileos comunes recibieron un poder sobrenatural para hablar en lenguas que jamás habían aprendido, proclamando las maravillas de Dios ante una multitud internacional asombrada. Pentecostés fue la grandiosa y atronadora inauguración de la Iglesia del Nuevo Pacto: un vibrante acta de nacimiento firmada en fuego celestial.

La relevancia de Pentecostés no ha disminuido en lo más mínimo a lo largo de los dos milenios que han transcurrido; de hecho, su urgencia se ha magnificado hoy. En un mundo contemporáneo fracturado por profundas divisiones, confusión cultural y una sequedad espiritual generalizada, la Iglesia no puede permitirse el lujo de depender únicamente del intelecto humano, del marketing engañoso o de programas religiosos vacíos. El mismo Espíritu Santo que irrumpió en Jerusalén es la única fuente de verdadera transformación vivificante disponible para nosotros ahora mismo. Pentecostés nos recuerda que la vida cristiana nunca estuvo destinada a vivirse bajo el agotador confinamiento de nuestras propias fuerzas. Es una invitación constante a salir de la rutina y adentrarse en un estilo de vida de dependencia sobrenatural, donde la tercera Persona de la Trinidad aconseja, consuela y convence activamente. Cuando el Espíritu Santo impregna la vida de un creyente hoy, el temor es completamente absorbido por una ferviente y santa valentía, y la teología árida e intelectual se transforma en una relación viva y palpitante con el Creador.

Además, el Día de Pentecostés sigue siendo sumamente relevante porque proporciona el modelo definitivo para la misión global y la unidad sobrenatural. Cuando el Espíritu descendió, el resultado inmediato fue que personas de todas las naciones bajo el cielo escucharon el evangelio proclamado claramente en sus propios dialectos. El Espíritu Santo es, por su propia naturaleza, un Espíritu misionero que se niega a ser contenido por barreras culturales, fronteras nacionales o divisiones raciales. En una época donde la sociedad está profundamente polarizada y aislada, el Espíritu de Dios sigue tejiendo activamente una hermosa y diversa familia global bajo el señorío de Jesucristo. Pentecostés nos capacita para superar nuestras diferencias, salir de nuestra zona de confort y llevar la luz del evangelio a los rincones más oscuros de nuestras comunidades. Es un llamado a todo creyente moderno a dejar de estar a la defensiva y comenzar a vivir como un catalizador activo del avivamiento, esperando plenamente señales, prodigios y corazones transformados que respondan a la predicación de la Palabra.

En última instancia, mirar hacia atrás a Pentecostés no es un ejercicio de nostalgia religiosa, sino un desafío directo a nuestras expectativas espirituales actuales. El fuego que cayó sobre los primeros discípulos nunca tuvo la intención de ser apagado ni conservado como una estéril pieza de museo; estaba destinado a ser transmitido a través de cada generación hasta el regreso de Cristo. Dios no busca vasos perfectos y pulidos; busca corazones hambrientos y entregados que simplemente se unan y clamen por un nuevo derramamiento de su presencia. Servimos al mismo Dios que respondió con fuego en el aposento alto, y su brazo no es demasiado corto para salvar, ni su oído demasiado sordo para escuchar. Al entregar hoy nuestras vidas al Espíritu Santo, somos llenados nuevamente con ese mismo fuego celestial inextinguible, que nos capacita para ser luces brillantes que llevan la esperanza, la sanación y el poder imparable de Jesucristo a un mundo que lo necesita desesperadamente.

05/16/2026

ANTES DE QUE ABRAHAM EXISTIERA, YO SOY

Por Noel Serrano

En el panorama de la teología joánica, Juan 8:58 se erige como un hito de la revelación cristológica. La declaración de Jesús a sus interlocutores: «En verdad os digo: Antes que Abraham existiera, yo soy» (NVI), representa una de las afirmaciones de divinidad más radicales del Nuevo Testamento. Lejos de ser una mera aseveración de preexistencia, esta breve declaración ancla la identidad de Jesús directamente en el ser eterno de Yahvé.

Para comprender plenamente la trascendencia de este versículo, es necesario examinar su contexto literario inmediato, sus profundas resonancias en el Antiguo Testamento y sus implicaciones teológicas últimas.

# # # El contexto de la confrontación
Juan 8 describe un conflicto verbal cada vez más intenso entre Jesús y las autoridades religiosas de Jerusalén. El debate se centra principalmente en la identidad, el testimonio y el linaje espiritual. A medida que aumenta la tensión, Jesús afirma que quienes guardan su palabra jamás verán la muerte (Juan 8:51). La multitud reacciona con incredulidad, señalando que Abraham, el gran patriarca de Israel, murió. Le hacen una pregunta incisiva: «¿Eres tú mayor que nuestro padre Abraham?... ¿Quién te crees que eres?» (Juan 8:53).

Jesús responde afirmando que Abraham se regocijó al pensar en ver su día (Juan 8:56). Confundida por lo que parecía una imposibilidad cronológica, la multitud objeta: «¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?» (Juan 8:57). Es esta objeción histórica específica la que desencadena la monumental declaración del versículo 58.
# # # La gramática y el eco del Antiguo Testamento
El poder de la respuesta de Jesús reside en una ruptura gramatical deliberada. La multitud preguntó sobre la cronología, pero Jesús responde con la ontología (la naturaleza del ser).
* **"Antes de que Abraham naciera..."** (*prin Abraam genesthai*): Jesús usa un verbo griego (*ginomai*) que implica un comienzo en el tiempo. Abraham fue creado; surgió en un momento histórico específico.

* **"...Yo soy."** (*egō eimi*): En lugar de completar el paralelismo gramatical diciendo "Yo era" (*egō ēn*), lo que simplemente afirmaría una preexistencia cronológica, Jesús cambia al presente (*egō eimi*).

Esta expresión, *egō eimi*, es un eco directo de la traducción griega de la Septuaginta de Éxodo 3:14. Cuando Moisés le pregunta a Dios su nombre en la zarza ardiente, Dios responde:
> «YO SOY EL QUE SOY. Esto es lo que dirás a los israelitas: “YO SOY me ha enviado a vosotros”».
> Además, esta frase resuena profundamente con las declaraciones de «Yo soy Él» (*ani hu*) en el libro de Isaías (p. ej., Isaías 41:4, 43:10), donde Yahvé afirma su eternidad, soberanía y singularidad absolutas. Al aplicarse *egō eimi* a sí mismo en un sentido absoluto, Jesús no solo afirma ser mayor que Abraham; afirma existir fuera de los límites del tiempo mismo. Reclama el nombre y la naturaleza misma de Dios.
# # # El veredicto de la multitud
Para que los lectores modernos no asuman que esta interpretación sobreinterpreta el texto, la reacción inmediata de la audiencia original de Jesús proporciona una prueba definitiva de cómo se entendieron sus palabras:
> «Entonces tomaron piedras para apedrearlo, pero Jesús se ocultó y se escabulló del recinto del templo» (Juan 8:59).
> Según la ley levítica, la lapidación era el castigo explícito por blasfemia: arrogarse las prerrogativas o el nombre exclusivos de Dios (Levítico 24:16). Las autoridades religiosas no intentaron arrestarlo por un malentendido o un error semántico. Entendieron perfectamente que Jesús afirmaba ser Yahvé, el Dios eterno de Abraham. Para ellos, esto era el sacrilegio supremo.

# # # Implicaciones teológicas
Juan 8:58 sirve como pilar fundamental de la elevada cristología que caracteriza al Evangelio de Juan. Se relaciona directamente con el Prólogo, que declara: «En el principio era el Verbo... y el Verbo era Dios» (Juan 1:1).

Al proclamar el nombre «YO SOY», Jesús revela que no es una deidad secundaria ni un ser celestial creado y enviado en nombre de Dios. Él es el Creador autoexistente e increado. Su relación con la humanidad no está limitada por las restricciones de la historia humana, porque Él es el autor de la historia.

Para el creyente, Juan 8:58 es una invitación a la admiración. El mismo «YO SOY» que sostuvo a Israel en el desierto, que habló por medio de los profetas y que sustenta la existencia, es quien caminó sobre la tierra, ofreció su vida en la cruz y promete la vida eterna a quienes creen.

05/15/2026
05/13/2026

LOS NIÑOS Y UNA MADRE QUE ORABA

Por Noel Serrano

La cocina nunca fue solo un lugar para las tareas domésticas; era el corazón húmedo y rítmico de nuestro hogar. Era donde el aroma del detergente se mezclaba con el v***r de la estufa, y donde mis hermanos y yo nos convertíamos en un torbellino de energía. Éramos un verdadero enjambre: una maraña de extremidades, preguntas y un bullicio competitivo que seguía a nuestra madre como una marea implacable. Mientras ella estaba de pie junto al fregadero, con las manos hundidas en el agua jabonosa o escurriendo telas pesadas, siempre estábamos estorbando, poniendo a prueba los límites de su espacio y su paciencia.

Estas tardes tenían una estructura predecible. El volumen aumentaba, las peleas se intensificaban y la cocina se hacía más pequeña a medida que nuestro caos crecía. Buscábamos las señales de que había llegado a su límite: cierta tensión en los hombros o una pausa momentánea en el fregado. Era en ese umbral entre el agotamiento y la exasperación donde comenzaba nuestra tradición familiar.

Ella se detenía, se secaba las manos mojadas en el delantal y las alzaba hacia el techo. Para nosotros, esa era la señal. El ambiente cambiaba de la energía frenética del juego a algo solemne y cinematográfico. Ella comenzaba una oración, no una súplica silenciosa y susurrada, sino una larga y melódica implosión de fuerza y ​​resistencia. Era una liturgia familiar que llenaba la habitación, convirtiendo la tarea cotidiana de lavar la ropa en un campo de batalla espiritual. Hablaba con el Cielo como si estuviera justo encima de las vigas, pidiendo la gracia para sobrellevar la hermosa carga de criarnos.
Nos quedábamos quietos, enmudecidos por el peso de sus palabras. Pero no era un silencio de miedo; era la silenciosa anticipación de un ritual compartido. Conocíamos la cadencia de su oración de memoria. Esperábamos a que pasara el vaivén de sus peticiones, atentos al crescendo específico que señalaba el final.
Cuando finalmente pronunció la frase que tanto conocía —la declaración de que había perseverado porque sabía que el Creador era «bueno, misericordioso y bondadoso» y que vivía «para siempre en GLORIA»— estábamos preparados.
Antes de que pudiera siquiera terminar de hablar, mis hermanos y yo nos uníamos con un rugido ensordecedor y unánime: «¡En GLORIA!».
Ese coro a viva voz era nuestra muestra de aprobación, nuestra disculpa y nuestra participación en su fe. Aliviaba la tensión de nuestras travesuras y la reemplazaba con una tradición alegre y bulliciosa. En ese instante, el cansancio desaparecía de su rostro, sustituido por la certeza de que, incluso en nuestros momentos más alocados, la estábamos escuchando. La cocina, antes un lugar de desesperación, se convertía en un santuario de recuerdos compartidos, un lugar donde la oración de una madre y las voces de sus hijos resonaban para siempre en el eco de esa última palabra triunfante.

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