Sebas pecas
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Me regalaron una navaja
Una vez más NY
Alejandro Magno no murió cuando le faltó fuerza.
Murió cuando ya había conquistado casi todo… y aun así, no pudo conquistar el vacío.
Desde joven lo empujaron a ser inmenso.
Le enseñaron que un hombre vale por lo que domina, por lo que somete, por lo que arranca del mundo con la espada en la mano.
Y Alejandro obedeció.
Venció ejércitos.
Aplastó imperios.
Hizo temblar ciudades enteras con solo pronunciar su nombre.
Mientras otros soñaban con sobrevivir, él soñaba con devorarse la tierra.
Pero hay una tragedia que casi nadie cuenta:
el hombre que podía mandar sobre miles, no podía detener el tiempo.
El hombre que hacía correr a sus soldados por continentes enteros, no podía correr más rápido que su propia fragilidad.
El hombre que parecía un dios… seguía siendo un hombre.
Y ahí está la herida de su historia.
Porque Alejandro llegó tan alto, que descubrió algo aterrador:
ni siquiera la cima llena el corazón de quien no sabe descansar.
Dicen que, antes de morir, quiso que el mundo entendiera una lección.
Que al sacarlo en su entierro, sus manos quedaran visibles, vacías.
Vacías, después de haber querido tenerlo todo.
Como si su última conquista no fuera un reino,
sino una verdad:
nadie se lleva nada.
Ni el oro.
Ni la fama.
Ni los aplausos.
Ni las ciudades rendidas.
Ni el miedo que inspiró en otros.
Nada.
Por eso la historia de Alejandro no es solo la de un conquistador.
Es la de todos los que creen que, cuando logren “eso”, por fin van a sentirse completos.
Y no.
Hay victorias que llenan los bolsillos,
pero dejan el alma en ruinas.
Alejandro conquistó medio mundo,
pero su historia todavía le susurra algo a este mundo entero:
de nada sirve ganar afuera, si por dentro sigues en guerra.
¿Cuántas cosas estás persiguiendo… que al final no te van a abrazar?
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Chagurma
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