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En Ricitos de Ángel brindamos cursos de corta duración garantizando el aprendizaje de cada participante. Tenemos cursos disponibles en diversos horarios.
Comunidad de Aprendizaje, Reflexión y Acción Ministerial con Amor que forma, inspira y transforma
Formar con fundamentos bíblicos, desarrollando competencias educativas y comunicativas para impactar familias y comunidades con: propósito-verdad-acción. Nuestra oferta académica abarca las arias de belleza, en esta renglón tenemos cursos disponibles de Peluquería, Masaje corporal y Uñas acrílicas. Comunicación: Talleres de locución y oratoria. Cursos de Ingles, Frances y Español para extranjeros.
31/03/2026
30/03/2026
Los últimos días del ministerio de Cristo pueden sonar, a primera vista, como el cierre de una historia. Sin embargo, más que un final, representan el verdadero inicio de una nueva realidad.
Cuando se mencionan las “siete últimas palabras” del Salvador, a menudo se piensa únicamente en sus palabras en la cruz. Pero el relato no termina ahí, porque después de la crucifixión ocurre algo decisivo: la resurrección, donde Cristo continúa revelándose vivo y actuante.
¿Quién fue el que caminó con los dos discípulos en el camino a Emaús, explicándoles las Escrituras y abriéndoles el entendimiento? ¿No fue el mismo Jesús resucitado, aunque al principio no lo reconocieran?
¿Quién se presentó en medio de los discípulos cuando estaban reunidos con puertas cerradas, llenándolos de paz y enviándolos nuevamente? Fue el Cristo vivo, no limitado por la muerte.
¿Y quién se dirigió directamente a Tomás para fortalecer su fe y llevarlo de la duda a la confesión: “Señor mío y Dios mío”? El mismo Señor resucitado, paciente y cercano.
Entonces, la cruz no puede entenderse solo como un punto final. Más bien, fue el umbral de un nuevo comienzo en la obra del Cordero inmolado: el inicio de una vida transformada, una presencia viva y continua que sigue encontrándose con sus discípulos en la historia.
31/01/2026
El autor es Psicologo, experto en temas de salud mental, Wilhelm Duran.
Quien vive obsesionado con ganar discusiones suele estar perdiendo algo más valioso: relaciones, paz mental y crecimiento personal.
La necesidad constante de tener la razón no nace de la sabiduría, sino del ego herido. No busca comprender, busca imponerse. No dialoga, compite. No escucha, espera su turno para atacar.
Las personas verdaderamente inteligentes no necesitan demostrar que saben más; prefieren aprender. Entienden que muchas veces ceder no es perder, sino elegir tranquilidad. Que no todo desacuerdo es una batalla y que no toda verdad merece ser gritada.
Discutir para tener razón desgasta y reflexionar para entender o aprender transforma.
relaciones sanas y ejecutivo. https://www.instagram.com/wilhelmduran?igsh=MXJoYnA3bHMyMnBxcQ=
06/01/2026
Mateo 5:3
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
No se trata de pobreza material, sino de reconocer la propia necesidad espiritual. El Reino pertenece a quienes no se creen autosuficientes delante de Dios. Es el punto de partida de toda vida espiritual auténtica.
01/01/2026
Se revienta el Estadio Olímpico
Con una asistencia a toda capacidad, inició el evento cristiano de mayor impacto en la República Dominicana: “La Batalla de la Fe”, celebrado en el Estadio Olímpico de Santo Domingo.
Miles de personas se dieron cita desde tempranas horas, confirmando una vez más la fuerza de la convocatoria y la vigencia de la fe en el país.
Este encuentro es una muestra clara de que, cuando el pueblo de Dios se une en una causa común, se convierte en una fuerza firme y difícil de quebrantar. Más allá del evento, lo que se percibe es un sentido de unidad, esperanza y propósito compartido.
La República Dominicana se caracteriza históricamente por ser un pueblo de fe. Así lo evidencia no solo su cultura y tradiciones, sino también la intención de sus fundadores, reflejada en símbolos nacionales como la Biblia en la bandera y el lema “Dios, Patria y Libertad”, que siguen marcando la identidad espiritual y social de la nación.
19/12/2025
¿Qué mira Dios en el ser humano: la perfección o el corazón?
A lo largo de toda la Escritura, desde Génesis hasta Apocalipsis, la Biblia presenta una constante innegable: el ser humano falla. Falló en el principio, aun cuando existía comunión directa con Dios, y volvió a fallar cuando Dios se hizo presente entre nosotros en la persona de Jesucristo. Esta realidad no pertenece a una época específica, sino a la condición humana.
Esto nos conduce a una pregunta fundamental:
¿qué es lo que Dios mira en el ser humano? ¿la perfección o el corazón?
La propia Escritura ofrece una respuesta clara y profunda:
“El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).
Dios no busca un ser humano perfecto, porque conoce nuestra fragilidad. No busca una santidad meramente externa ni una vida sin tropiezos, sino un corazón sincero, obediente y consciente de su necesidad de Dios.
Los relatos bíblicos lo confirman. David pecó gravemente, pero comprendió que lo que Dios valora no es la apariencia religiosa, sino la actitud interior:
“Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17).
La diferencia entre una humanidad endurecida y una humanidad transformada no está en la ausencia de errores, sino en la capacidad de reconocerlos. El Nuevo Testamento lo expresa con honestidad:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos… Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos” (1 Juan 1:8–9).
Esto no significa justificar el error ni vivir en una repetición constante del mismo. La gracia no anula la responsabilidad. Por eso el apóstol Pablo advierte con claridad:
“¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera” (Romanos 6:1–2).
El arrepentimiento auténtico no solo reconoce el fallo, sino que aprende de él. Nos hace conscientes, vigilantes y dependientes de Dios. No nos empuja a la culpa paralizante ni al alejamiento, sino al crecimiento y a la transformación.
Por eso, el mensaje bíblico no es de condena para el que cae, sino de esperanza para el que se vuelve a Dios. La Escritura lo resume con ternura y profundidad:
“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu” (Salmo 34:18).
En definitiva, la Biblia no nos presenta una humanidad perfecta, sino una humanidad redimible.
Dios no mira la perfección que no tenemos; Dios mira el corazón que se arrepiente, aprende y decide caminar diferente.
Ese es el hilo que recorre toda la Escritura.
Y esa sigue siendo, hoy, nuestra mayor esperanza.
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