Let's think
Estudio sincero de la Palabra de Dios. Dejemos que el Espiritu Santo tome control de nuestras mentes. Apliquemos la Palabra de Dios en nuestras vidas.
Dejemos que El nos use, la gloria es para El.
09/27/2026
Septiembre 27
Título devocional
“Un pueblo verdaderamente bienaventurado”
Versículo enfocado
“Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová, escudo de tu socorro, y espada de tu triunfo?”
Deuteronomio 33:29, RVR60
Breve devocional
Hay una pregunta extraordinaria en las últimas palabras de Moisés:
“¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová?”
Moisés estaba contemplando el privilegio de pertenecer al pueblo de Dios.
No estaba diciendo que Israel nunca tendría dificultades.
Israel conoció desiertos.
Conoció enemigos.
Conoció pérdidas.
Conoció disciplina.
Pero había algo que ninguna otra nación podía decir de la misma manera:
Era un pueblo que pertenecía al Señor.
Y eso cambiaba todo.
Spurgeon utiliza este texto para confrontar una idea que todavía escuchamos en nuestros días: que seguir a Cristo convierte la vida en una existencia triste, limitada y miserable.
Pero el evangelio dice algo completamente diferente.
El creyente ha recibido aquello que el mundo jamás puede producir por sus propios medios.
Ha recibido perdón.
Reconciliación con Dios.
Adopción.
Una nueva identidad.
La presencia del Espíritu Santo.
Esperanza eterna.
Y una herencia que nunca puede ser destruida.
Por eso la pregunta sigue teniendo fuerza:
“¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová?”
La verdadera riqueza del creyente no comienza con aquello que posee, sino con Aquel a quien pertenece.
Somos hijos de Dios.
Pablo dice:
“No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”
Piensa por un momento en esa palabra:
“Padre.”
El Dios que creó los cielos.
El Dios que sostiene las galaxias.
El Dios eterno, santo y todopoderoso.
Por medio de Cristo nos recibe como hijos.
Eso no es un pequeño privilegio religioso.
Es una transformación completa de nuestra posición delante de Dios.
Ya no somos extraños.
Ya no somos enemigos.
Ya no vivimos bajo condenación.
Somos hijos.
Y si somos hijos, también somos herederos.
Por supuesto, ser hijos de Dios no significa vivir sin dificultades.
Spurgeon reconoce que la vara de la disciplina algunas veces estará sobre nosotros.
Hebreos nos recuerda:
“Porque el Señor al que ama, disciplina.”
La disciplina de Dios no significa que dejó de amarnos.
Muchas veces significa precisamente lo contrario.
El Padre trabaja en nosotros porque somos suyos.
Nos corrige.
Nos forma.
Nos aparta de aquello que podría destruirnos.
Produce “fruto apacible de justicia”.
Por eso no debemos interpretar cada dificultad como abandono divino.
Hay ocasiones cuando la mano que permite la prueba es la misma mano que nos está formando.
Pero incluso en medio de esa disciplina tenemos al Consolador.
Jesús prometió a sus discípulos que enviaría al Espíritu Santo.
Y Spurgeon nos recuerda que tenemos ahora mismo “los consuelos del Espíritu”.
No tenemos que esperar llegar al cielo para recibir toda evidencia de nuestra herencia.
Dios ya nos ha dado un anticipo.
Pablo llama al Espíritu Santo “las arras de nuestra herencia”.
La palabra “arras” expresa la idea de un depósito, una garantía, un adelanto de aquello que finalmente recibiremos en plenitud.
El Espíritu Santo habitando en nosotros es la garantía de que Dios terminará lo que comenzó.
Cada vez que la Palabra trae consuelo a nuestro corazón...
Cada vez que encontramos fuerza para seguir adelante...
Cada vez que sentimos convicción de pecado...
Cada vez que surge un deseo genuino de buscar a Cristo...
Cada vez que en medio de una prueba aparece una paz que no podemos explicar...
Estamos viendo evidencias de la obra del Espíritu.
Son anticipos.
Destellos.
Pequeñas muestras del mundo que viene.
Spurgeon dice que somos herederos de un gozo eterno y que ya comenzamos a gustar anticipadamente de nuestra porción. lecturasmatutinas(1)
Todavía no hemos llegado a casa.
Pero ya podemos ver algo del amanecer.
Todavía atravesamos la noche.
Pero hay destellos de luz que anuncian el día eterno.
Todavía lloramos.
Pero sabemos que llegará el momento cuando Dios enjugará toda lágrima.
Todavía enfrentamos enfermedad.
Pero esperamos la resurrección.
Todavía enfrentamos muerte.
Pero Cristo venció la tumba.
Todavía luchamos contra el pecado.
Pero esperamos el día cuando seremos completamente semejantes a Cristo.
Por eso el gozo cristiano es diferente del optimismo superficial.
El optimismo dice:
“Probablemente todo saldrá bien.”
La esperanza cristiana dice:
“Aunque no todo salga como yo deseo, Cristo sigue siendo mío y yo sigo siendo suyo.”
Eso es mucho más profundo.
El creyente puede llorar y tener esperanza.
Puede sufrir y seguir adorando.
Puede atravesar incertidumbre y conservar paz.
Puede perder cosas temporales sin perder su tesoro eterno.
La razón es que nuestra herencia no está finalmente aquí.
Spurgeon utiliza una imagen hermosa:
“Nuestras riquezas están allende el mar; nuestra ciudad de sólidos fundamentos está de la otra parte del río.” lecturasmatutinas(1)
Nuestra ciudadanía definitiva está en los cielos.
Eso no significa despreciar esta vida.
Significa vivirla correctamente.
Podemos disfrutar las bendiciones presentes sin exigirles que sean nuestro cielo.
La familia es preciosa.
La salud es una bendición.
El trabajo es un regalo.
La iglesia es un privilegio.
La amistad es un tesoro.
Pero ninguna de estas cosas fue diseñada para cargar el peso completo de nuestra felicidad eterna.
Solo Cristo puede hacerlo.
Y aquí está el centro de todo.
Somos “pueblo salvo por Jehová” porque Cristo vino a salvar.
Él tomó nuestra condición.
Vivió entre nosotros.
Llevó nuestro pecado.
Murió en nuestro lugar.
Resucitó victorioso.
Ascendió al Padre.
Y envió su Espíritu.
Nuestra esperanza cristiana tiene una cruz detrás de ella, un Espíritu dentro de nosotros y una gloria delante de nosotros.
Por eso podemos regocijarnos aun en un mundo quebrantado.
No porque la vida sea fácil.
No porque los creyentes estén exentos de dolor.
No porque siempre comprendamos lo que Dios está haciendo.
Sino porque sabemos a quién pertenecemos.
Alma mía, no vivas como un mendigo espiritual cuando eres heredero de la gracia.
No permitas que las dificultades presentes te hagan olvidar tu posición eterna.
Tal vez hoy haya disciplina.
Tal vez haya dolor.
Tal vez haya preguntas.
Tal vez haya una carga que todavía no ha sido quitada.
Pero sigues siendo hijo.
Cristo sigue siendo tu Salvador.
El Espíritu sigue siendo tu Consolador.
El Padre sigue siendo tu Padre.
Y tu herencia sigue segura.
Por eso puedes levantar la cabeza y decir:
“¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová?”
Un matiz apologético para nuestros días
A veces se presenta al cristianismo como una religión que roba libertad, alegría y realización personal. Sin embargo, esa crítica suele confundir felicidad con ausencia de restricciones o satisfacción inmediata de nuestros deseos.
El evangelio no promete una vida sin sufrimiento. Jesús mismo sufrió, y sus seguidores también enfrentan dolor. Pero ofrece algo más profundo que comodidad temporal: reconciliación con Dios, libertad de la condenación, adopción como hijos, la presencia del Espíritu Santo y una esperanza que ni siquiera la muerte puede destruir.
El cristiano no afirma: “Mi vida es fácil.”
Afirma algo mucho mayor:
“Pertenezco a Cristo.”
Pregunta de reflexión
Cuando atraviesas dificultades, ¿estás permitiendo que tus circunstancias definan tu condición, o estás recordando que eres hijo de Dios, unido a Cristo y heredero de una esperanza eterna?
Cita pastoral
“El creyente puede atravesar temporadas de dolor sin convertirse en un hombre sin esperanza, porque su mayor tesoro no está en sus circunstancias: está en Cristo y en la herencia que Dios ha preparado para sus hijos.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Padre, gracias porque por medio de Jesucristo me has recibido como hijo.
Gracias porque no me has dado espíritu de esclavitud para vivir nuevamente en temor, sino el Espíritu de adopción por quien puedo clamar: “Abba, Padre.”
Cuando atraviese disciplina, ayúdame a recordar que sigues amándome.
Cuando llegue el sufrimiento, consuélame por medio de tu Espíritu.
Cuando las cosas de este mundo parezcan inseguras, recuérdame que mi verdadera herencia está guardada contigo.
Gracias por Jesucristo, por su cruz, por su resurrección y por la esperanza eterna que tengo en Él.
Ayúdame a vivir hoy con gratitud, gozo y esperanza, recordando que pertenezco a un pueblo verdaderamente bienaventurado: un pueblo salvado por el Señor.
En el nombre de Jesús, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
09/26/2026
Let’s Think: “La paz de Dios guarda nuestro corazón”
26 de septiembre de 2026
Versículo enfocado
“Vi de noche, y he aquí un varón que cabalgaba sobre un caballo alazán, el cual estaba entre los mirtos que había en la hondura; y detrás de él había caballos alazanes, overos y blancos.”
Zacarías 1:8, RVR60
Reflexión
Pensemos por un momento en esta visión de Zacarías.
El pueblo de Dios atravesaba una temporada difícil.
Israel había conocido disciplina, exilio y humillación. Jerusalén había sido devastada. El templo estaba siendo reconstruido. Humanamente hablando, el pueblo parecía pequeño, débil y vulnerable.
Y precisamente en ese contexto Dios muestra a Zacarías una escena inesperada:
Había mirtos en la hondura.
No estaban sobre una montaña llamativa.
No ocupaban un lugar de grandeza visible.
Estaban abajo.
Ocultos.
Discretos.
Casi inadvertidos.
Spurgeon ve en esta imagen un hermoso retrato de la Iglesia de Dios en el mundo.
La Iglesia no siempre parece impresionante a los ojos humanos.
El mundo admira poder.
Riqueza.
Influencia.
Números.
Fama.
Reconocimiento.
Pero muchas veces la verdadera obra de Dios ocurre silenciosamente.
En congregaciones pequeñas.
En hogares donde se ora.
En creyentes que sirven sin reconocimiento.
En pastores que predican fielmente durante años.
En padres que enseñan a sus hijos.
En hermanos que visitan al enfermo.
En discípulos que permanecen firmes cuando nadie los observa.
Los mirtos pueden estar en la hondura.
Pero pertenecen a Dios.
La Iglesia posee una gloria que el mundo todavía no puede ver completamente.
Pablo dice que nuestra vida está “escondida con Cristo en Dios”.
Todavía no se ha manifestado todo lo que seremos.
El mundo puede mirar a la Iglesia y considerarla débil.
Puede ignorarla.
Puede despreciarla.
Puede perseguirla.
Pero llegará el día cuando Cristo se manifieste y su pueblo será manifestado con Él en gloria.
Lo que hoy está escondido un día será revelado.
Pero la imagen de los mirtos también nos habla de seguridad.
Spurgeon imagina un valle tranquilo mientras la tormenta golpea las cumbres de las montañas.
Arriba soplan violentamente los vientos.
Pero abajo, en la hondura, los mirtos permanecen protegidos.
Así puede ser también la vida del creyente.
La tormenta puede estar alrededor.
Pero puede existir paz dentro.
Esa es una de las paradojas más hermosas del cristianismo.
Podemos tener problemas y paz al mismo tiempo.
Podemos atravesar incertidumbre y seguir confiando.
Podemos llorar y conservar esperanza.
Podemos enfrentar oposición sin perder el descanso del alma.
La paz cristiana no depende de que la tormenta desaparezca.
Depende de saber quién está con nosotros dentro de ella.
Pablo lo expresa así:
“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”
Observa esa palabra:
“Guardará.”
Es una expresión que comunica protección.
La paz de Dios hace guardia alrededor del corazón.
Las circunstancias pueden intentar entrar con temor.
La ansiedad puede tocar la puerta.
Las noticias pueden inquietarnos.
Las preguntas pueden multiplicarse.
Pero la paz de Dios guarda el alma que descansa en Cristo.
Esto no significa que el creyente nunca sienta temor.
Significa que el temor no tiene que gobernarlo.
Tampoco significa que nunca tendremos preguntas.
Significa que nuestras preguntas pueden descansar en las manos de un Dios que conoce perfectamente las respuestas.
Spurgeon nos recuerda que, aun cuando la Iglesia sea combatida y perseguida, posee una paz que el mundo no puede dar.
Y precisamente porque el mundo no la da, tampoco puede quitársela.
Qué verdad tan preciosa.
Si nuestra paz depende del dinero, perder dinero puede robárnosla.
Si depende de la salud, una enfermedad puede sacudirla.
Si depende de una persona, perder esa relación puede derrumbarla.
Si depende de circunstancias favorables, cualquier cambio puede alterarla.
Pero si nuestra paz viene de Cristo, las circunstancias pueden cambiar sin destruir el fundamento.
Jesús dijo:
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.”
La paz de Cristo es diferente.
No es ausencia de problemas.
Es presencia de Cristo.
No es control absoluto de nuestras circunstancias.
Es confianza en Aquel que gobierna aquello que nosotros no podemos controlar.
Los mirtos también nos enseñan acerca del crecimiento.
El mirto permanece verde incluso durante temporadas difíciles.
Así también la gracia de Dios puede mantener vivo al creyente durante sus inviernos.
Hay inviernos espirituales.
Momentos cuando parece que poco está creciendo.
Temporadas de prueba.
Días fríos.
Circunstancias donde no vemos fruto inmediatamente.
Pero Dios sigue obrando debajo de la superficie.
Las raíces siguen vivas.
La gracia sigue sosteniendo.
La Palabra continúa trabajando.
El Espíritu Santo continúa santificando.
Algunas de nuestras temporadas de mayor crecimiento espiritual no son las más cómodas.
Son aquellas donde tuvimos que aprender a depender de Dios.
Cuando la oración dejó de ser rutina y se convirtió en necesidad.
Cuando una promesa bíblica dejó de ser simplemente un versículo conocido y se convirtió en alimento para el alma.
Cuando descubrimos que Cristo era suficiente porque otras seguridades desaparecieron.
El invierno puede producir raíces profundas.
Y hay todavía otra verdad en esta imagen.
La Iglesia no solamente está protegida.
Finalmente triunfará.
No porque sea poderosa en sí misma.
Sino porque pertenece a Cristo.
Jesús dijo:
“Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”
Los imperios pasan.
Las ideologías cambian.
Los gobiernos aparecen y desaparecen.
Las culturas se transforman.
Las generaciones vienen y van.
Pero Cristo continúa edificando su Iglesia.
Esto no significa que cada congregación local permanecerá indefinidamente ni que la Iglesia estará libre de dificultades.
Significa que el pueblo redimido de Cristo llegará seguro a la gloria.
Pablo dice:
“En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.”
Observa dónde está la victoria.
No dice:
“Somos más que vencedores porque somos fuertes.”
Dice:
“Por medio de aquel que nos amó.”
Cristo es nuestra victoria.
Él enfrentó al enemigo más grande.
El pecado.
La muerte.
Satanás.
El juicio.
Y en la cruz pareció, por un momento, que las tinieblas habían vencido.
El Salvador fue crucificado.
Su cuerpo fue colocado en una tumba.
Una piedra fue puesta delante de ella.
Pero al tercer día Cristo resucitó.
La aparente derrota se convirtió en victoria.
La tumba quedó vacía.
La muerte fue vencida.
Y porque Cristo vive, su Iglesia también vivirá.
Por eso los mirtos de Dios pueden permanecer tranquilos en la hondura.
Nuestro Salvador reina.
Alma mía, tal vez hoy estés en una hondura.
Quizás nadie ve tu esfuerzo.
Quizás atraviesas una temporada escondida.
Tal vez hay tormenta alrededor.
Tal vez sientes que estás en invierno.
No confundas estar en la hondura con estar abandonado.
Los mirtos estaban precisamente allí.
Y Dios sabía exactamente dónde estaban.
Tú también puedes estar oculto para muchos y completamente visible para Dios.
Puedes atravesar invierno y seguir verde por gracia.
Puedes estar bajo presión y poseer paz.
Puedes estar en lucha y ser más que vencedor en Cristo.
No necesitas que toda tormenta desaparezca para tener paz.
Necesitas recordar quién está contigo en la hondura.
Pensemos también en esto
Nuestra cultura suele identificar bienestar con ausencia de dificultades.
Si hay problemas, ansiedad o sufrimiento, muchas veces se concluye que algo necesariamente está mal.
El evangelio ofrece una visión diferente.
La fe cristiana no promete una existencia libre de tormentas.
Promete una paz que puede existir precisamente en medio de ellas.
Esta paz no nace de negar la realidad ni de repetir pensamientos positivos.
Descansa en una realidad objetiva:
Dios reina.
Cristo resucitó.
Su Palabra permanece.
Y quienes están unidos a Él poseen una esperanza que trasciende las circunstancias presentes.
El mundo dice:
“Tendrás paz cuando desaparezca el problema.”
El evangelio dice:
“Puedes tener paz porque Cristo está contigo aun mientras atraviesas el problema.”
Pregunta para pensar
¿Estás esperando que desaparezcan todas tus tormentas para tener paz, o estás aprendiendo a descansar en Cristo aun mientras permaneces en la hondura?
Cita pastoral
“La paz de Dios no siempre quita la tormenta que está alrededor de nosotros, pero guarda nuestro corazón mientras Cristo nos sostiene en medio de ella.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Señor, gracias porque aun cuando atravieso temporadas difíciles, Tú sabes exactamente dónde estoy.
Cuando me encuentre en la hondura, recuérdame que no estoy abandonado.
Cuando la tormenta esté alrededor, guarda mi corazón con esa paz que sobrepasa todo entendimiento.
Cuando llegue el invierno, mantén viva mi fe por medio de tu gracia.
Ayúdame a no medir tu fidelidad por mis circunstancias, sino por la cruz y la resurrección de Jesucristo.
Gracias porque Cristo venció el pecado y la muerte, y porque en Él también nosotros somos más que vencedores.
Guarda a tu Iglesia, fortalécela en medio de la oposición y haz que permanezca fiel hasta el día en que Cristo manifieste plenamente su gloria.
En el nombre de Jesús, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
09/25/2026
Let’s Think: “¿Quién acusará si Dios justifica?”
25 de septiembre de 2026
Versículo enfocado
“Con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Romanos 3:26, RVR60
Reflexión
Pensemos por un momento en una de las grandes preguntas del evangelio:
¿Cómo puede un Dios perfectamente justo justificar al pecador sin dejar de ser justo?
Dios es santo.
Nosotros somos pecadores.
La culpa es real.
La ley ha sido quebrantada.
El juicio de Dios es justo.
Y ninguna cantidad de buenas obras futuras puede borrar los pecados ya cometidos.
Por eso el evangelio no comienza diciéndonos que debemos esforzarnos un poco más.
Nos muestra nuestra necesidad de un Sustituto.
Pablo responde señalándonos directamente a Jesucristo.
Dios es “el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús”.
Dios no tuvo que abandonar su justicia para salvarnos.
La manifestó plenamente en la cruz.
Cristo ocupó el lugar del pecador.
Él no murió simplemente como ejemplo de amor.
Murió “por nuestros pecados”.
El inocente en lugar del culpable.
El justo por los injustos.
El Hijo de Dios cargando aquello que nosotros merecíamos.
Eso es lo que hace de la cruz una noticia verdaderamente buena.
La justicia de Dios no fue ignorada.
Fue satisfecha en Cristo.
Spurgeon expresa esta verdad con mucha fuerza: Cristo pagó completamente la deuda de su pueblo.
No parcialmente.
No dejó una parte para que nosotros terminemos pagando mediante buenas obras, sufrimiento o esfuerzo religioso.
Jesús dijo:
“Consumado es.”
La obra necesaria para nuestra redención fue completada.
Por eso Pablo puede decir:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Paz.
No una tregua temporal.
No una suspensión incierta de la condenación.
Paz con Dios.
Esto significa que el creyente no vive esperando que algún día Dios saque nuevamente el expediente de sus pecados perdonados para condenarlo otra vez por ellos.
La deuda fue tratada en Cristo.
La justicia fue satisfecha.
La culpa fue respondida por la sangre del Salvador.
Esto no significa que dejamos de lamentar nuestros pecados.
La memoria puede recordarnos cosas que hicimos y producir verdadera tristeza.
Podemos pensar:
“¿Cómo pude hacer aquello?”
“¿Por qué dije eso?”
“¿Por qué desperdicié tantos años?”
El arrepentimiento verdadero puede incluir dolor.
Pero existe una enorme diferencia entre convicción y condenación.
El Espíritu Santo nos convence para llevarnos al arrepentimiento y nuevamente a Cristo.
La condenación nos dice que huyamos de Cristo porque ya no hay esperanza.
El evangelio responde:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”
La conciencia puede decir:
“Eres pecador.”
Y nosotros respondemos:
“Sí, pero Cristo murió por pecadores.”
La memoria puede decir:
“Recuerda tu pasado.”
Y respondemos:
“Sí, pero también recuerdo la cruz.”
El acusador puede decir:
“Mira todo lo que hiciste.”
Y el evangelio nos lleva a responder:
“Mira todo lo que Cristo hizo.”
Nuestra esperanza no consiste en negar nuestra culpa.
Consiste en confesar que Cristo es suficiente para ella.
Por eso Romanos 8 hace una pregunta tan poderosa:
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.”
¿Quién puede presentar una acusación definitiva contra aquel a quien el Juez mismo ha declarado justo en Cristo?
No significa que nadie hablará contra nosotros.
Las personas pueden acusarnos.
Nuestra conciencia puede inquietarnos.
El enemigo puede lanzar dardos.
Pero ninguna acusación puede revertir el veredicto de Dios.
¿Por qué?
Porque el fundamento de nuestra justificación no está en nosotros.
Está en Jesús.
Pablo continúa:
“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó.”
Qué argumento tan glorioso.
Cristo murió.
Nuestra culpa fue tratada.
Cristo resucitó.
La muerte fue vencida.
Cristo está a la diestra de Dios.
Nuestro Salvador vive y reina.
Y Cristo intercede por nosotros.
Nuestra seguridad descansa en una obra terminada y en un Salvador viviente.
Spurgeon resume esta verdad de una manera profundamente consoladora:
Nuestra esperanza no está en que hayamos dejado de ser pecadores necesitados de gracia, sino en que Cristo es un Salvador suficiente para pecadores.
Ese es el evangelio.
No necesitamos convencernos de que somos mejores de lo que realmente somos.
El cristianismo no necesita maquillar la condición humana para darnos esperanza.
Podemos reconocer honestamente nuestro pecado porque tenemos un Salvador verdaderamente suficiente.
No necesitamos decir:
“En realidad, yo no soy tan malo.”
Podemos decir:
“Mi pecado es serio, pero la gracia de Cristo es mayor.”
No necesitamos decir:
“Yo he hecho suficientes cosas buenas.”
Podemos decir:
“Cristo es mi justicia.”
No descansamos en nuestra trayectoria espiritual.
Descansamos en su obra perfecta.
Esto produce profunda humildad.
No podemos mirar a otro pecador sintiéndonos superiores.
Si estamos delante de Dios únicamente por gracia, no tenemos motivo para arrogancia.
Nuestra salvación no dice:
“Mira lo bueno que fui.”
Dice:
“Mira lo misericordioso que fue Cristo.”
Pero esta doctrina también produce seguridad.
A veces miramos demasiado hacia dentro.
¿Cómo está mi fe?
¿Cómo me siento?
¿Estoy suficientemente arrepentido?
¿He crecido lo suficiente?
¿He orado suficientemente bien?
El autoexamen tiene un lugar bíblico.
Pero si nuestra mirada permanece siempre sobre nosotros mismos, nunca encontraremos descanso completo.
Después de examinarnos, debemos mirar a Cristo.
La fe salvadora no descansa finalmente en la fuerza de nuestra fe.
Descansa en el objeto de nuestra fe.
Y ese objeto es Jesús.
Una mano temblorosa puede recibir un regalo precioso.
La fuerza no está en la mano.
Está en aquello que recibe.
Así ocurre con la fe.
Nuestra fe puede sentirse débil.
Pero si descansa verdaderamente en un Salvador fuerte, nuestra esperanza permanece segura.
Esto tampoco produce una vida descuidada.
Al contrario.
Cuando comprendemos cuánto costó nuestro perdón, comenzamos a odiar aquello por lo cual Cristo tuvo que morir.
La gracia no hace pequeño el pecado.
La cruz demuestra cuán terrible es.
Pero también demuestra cuán grande es el amor de Dios.
Por eso el creyente lucha contra el pecado no para evitar una futura condenación, sino porque ha sido liberado de ella.
Buscamos santidad no para comprar el favor de Dios.
La buscamos porque hemos recibido su favor en Cristo.
Obedecemos no intentando convertirnos en hijos.
Obedecemos porque hemos sido recibidos como hijos.
Alma mía, cuando la culpa te recuerde tu pecado, no te detengas allí.
Recuerda también a tu Sustituto.
Cuando la conciencia te lleve al arrepentimiento, arrepiéntete sinceramente.
Confiesa.
Corrige aquello que puedas corregir.
Apártate del pecado.
Pero después descansa.
No sigas intentando pagar emocionalmente una deuda que Cristo ya pagó con su sangre.
Jesús es suficiente.
Su justicia es suficiente.
Su sangre es suficiente.
Su resurrección es suficiente.
Su intercesión es suficiente.
Y si Dios justifica, ninguna acusación puede tener la última palabra.
Pensemos también en esto
Nuestra cultura suele oscilar entre dos extremos.
Por un lado, minimiza la culpa e intenta explicar o justificar casi todo comportamiento.
Por otro, cuando alguien comete una falta pública, puede surgir una condenación social donde parece no existir posibilidad de restauración.
El evangelio toma un camino diferente.
No minimiza la culpa.
El pecado es tan serio que requirió la cruz.
Pero tampoco dice que el culpable arrepentido esté fuera del alcance de la gracia.
En Cristo hay perdón verdadero porque hubo una satisfacción verdadera de la justicia.
La cruz demuestra que Dios puede ser perfectamente justo y, al mismo tiempo, justificar al pecador que confía en Jesús.
Pregunta para pensar
Cuando tu conciencia te recuerda tus pecados y fracasos, ¿te quedas mirando tu culpa, o llevas tu mirada hacia Cristo y su obra terminada?
Cita pastoral
“Nuestra esperanza no consiste en negar que somos pecadores, sino en descansar en que Cristo es un Salvador suficiente para pecadores como nosotros.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Padre, gracias porque eres perfectamente justo y, al mismo tiempo, justificas al pecador que confía en Jesucristo.
Reconozco mi pecado y sé que no tengo justicia propia con la cual presentarme delante de Ti.
Gracias porque Jesús ocupó mi lugar, cargó mi culpa, murió por mis pecados y resucitó victorioso.
Cuando mi conciencia me acuse, ayúdame a arrepentirme sinceramente, pero también a descansar en la obra terminada de Cristo.
Líbrame de intentar pagar con culpa, temor o esfuerzo religioso aquello que Jesús ya pagó completamente.
Que mi fe no descanse en lo que yo soy, sino en quién es Cristo, en lo que Él hizo y en lo que continúa haciendo por mí.
Y que la seguridad de tu gracia produzca en mí humildad, gratitud y una vida cada día más santa.
En el nombre de Jesús, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
09/24/2026
Let’s Think: “Cuando los medios ocupan el lugar de Dios”
24 de septiembre de 2026
Versículo enfocado
“Porque tuve vergüenza de pedir al rey tropa y gente de a caballo que nos defendiesen del enemigo en el camino; porque habíamos hablado al rey, diciendo: La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan; mas su poder y su furor contra todos los que le abandonan.”
Esdras 8:22, RVR60
Reflexión
Pensemos por un momento en la situación de Esdras.
Tenía que dirigir a un grupo de israelitas desde Babilonia hasta Jerusalén. El viaje era largo y peligroso. Llevaban familias, bienes y recursos, y atravesarían territorios donde podían encontrarse ladrones y enemigos.
Humanamente hablando, pedir al rey una escolta militar habría sido perfectamente razonable.
Soldados.
Caballos.
Protección.
Seguridad para el camino.
Sin embargo, Esdras había declarado públicamente:
“La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan.”
Ahora llegó el momento de vivir aquello que había confesado.
Y eso siempre es más difícil.
Es relativamente fácil hablar de la fidelidad de Dios cuando todavía no hemos llegado al camino peligroso.
Es fácil decir:
“Dios proveerá.”
“Dios cuidará.”
“Dios estará con nosotros.”
Pero después llega el momento cuando debemos caminar por fe.
Y entonces descubrimos si aquellas palabras eran solamente lenguaje religioso o verdadera convicción del corazón.
Esdras sintió que pedir protección militar después de haber declarado públicamente la suficiencia de Dios podía enviar un mensaje equivocado.
No porque utilizar soldados fuera pecaminoso en sí mismo. La Biblia nunca enseña que confiar en Dios significa rechazar todo medio humano legítimo.
El problema aquí era particular.
Esdras había dicho al rey:
“Nuestro Dios puede cuidarnos.”
Ahora quería vivir de acuerdo con esa confesión.
Esta historia plantea una pregunta profundamente práctica:
¿En qué descansamos realmente cuando enfrentamos una necesidad?
Porque todos utilizamos medios.
Vamos al médico cuando estamos enfermos.
Trabajamos para obtener provisión.
Ahorramos.
Buscamos consejo.
Hacemos planes.
Utilizamos tecnología.
Pedimos ayuda.
Nada de eso necesariamente contradice la fe.
La Biblia nunca nos llama a ser irresponsables.
El problema no es usar los medios.
El problema comienza cuando los medios ocupan el lugar de Dios.
Spurgeon señala que nuestra falla muchas veces no consiste en utilizar los medios, sino en confiar demasiado en ellos.
Y esa diferencia puede ser difícil de detectar.
Podemos decir:
“Confío en Dios.”
Pero nuestra paz desaparece inmediatamente cuando desaparece cierto recurso.
Podemos decir:
“Dios proveerá.”
Pero cuando nuestra cuenta bancaria disminuye sentimos que toda nuestra seguridad se ha derrumbado.
Podemos decir:
“El Señor dirige mi vida.”
Pero si nuestros planes cambian entramos en desesperación.
Podemos decir:
“Cristo edifica su Iglesia.”
Pero podemos terminar dependiendo más de métodos, edificios, programas, recursos o estrategias que del poder del Espíritu Santo.
Los medios son buenos cuando permanecen en su lugar.
Pero pueden convertirse en ídolos cuando ocupan el lugar que pertenece a Dios.
Un médico puede ser un instrumento de la providencia divina.
Pero el médico no es Dios.
Una medicina puede ser una bendición.
Pero la medicina no es Dios.
Un trabajo puede ser el medio por el cual Dios provee.
Pero nuestro empleador no es nuestra fuente final.
Una persona puede ayudarnos.
Pero esa persona no es nuestro Salvador.
Una estrategia puede ser útil.
Pero ninguna estrategia puede producir aquello que solamente Dios puede hacer.
Por eso el salmista decía:
“Alma mía, en Dios solamente reposa.”
Hay algo profundamente liberador en aprender esta verdad.
Cuando nuestra confianza descansa en los medios, vivimos constantemente temiendo perderlos.
Pero cuando nuestra confianza descansa en Dios, podemos recibir los medios con gratitud sin convertirnos en esclavos de ellos.
Podemos agradecer al médico sin idolatrarlo.
Podemos agradecer nuestro trabajo sin pensar que nuestra vida depende finalmente de él.
Podemos agradecer a nuestros amigos sin exigirles que ocupen el lugar que solamente Cristo puede ocupar.
Podemos utilizar nuestros recursos sin hacer de ellos nuestra seguridad.
Hay una gran diferencia entre utilizar algo y confiar finalmente en ello.
La Biblia está llena de este equilibrio.
Nehemías oró y puso guardias.
David utilizó una honda, pero confesó que la batalla pertenecía a Jehová.
Pablo trabajó, viajó, escribió cartas y formó colaboradores, pero sabía que solamente Dios podía producir el fruto espiritual.
“Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios.”
Ese es el equilibrio.
Plantamos.
Regamos.
Trabajamos.
Planeamos.
Servimos.
Pero sabemos quién da el crecimiento.
Esto es especialmente importante en la vida de la Iglesia.
Podemos tener buena organización.
Buena enseñanza.
Buenos líderes.
Buenos programas.
Buenos recursos.
Buenos edificios.
Todo eso puede ser útil.
Pero ninguna de esas cosas puede convertir un alma.
Ningún sermón, por bien preparado que esté, puede producir regeneración por sí mismo.
Ningún método puede abrir un corazón espiritualmente mu**to.
Ninguna estrategia puede sustituir el poder del Espíritu Santo.
Por eso la Iglesia debe utilizar responsablemente todos los recursos que Dios le da, pero debe permanecer de rodillas.
Porque nuestra dependencia final está en Dios.
Esdras comprendió algo que también necesitamos aprender:
Hay momentos cuando Dios permite que falten apoyos visibles para enseñarnos dónde estaba realmente nuestra confianza.
A veces se cierra una puerta.
Un recurso disminuye.
Una persona que siempre estuvo disponible ya no puede ayudarnos.
Un plan que parecía seguro deja de funcionar.
Y nuestro corazón pregunta inmediatamente:
“¿Qué vamos a hacer ahora?”
Pero tal vez Dios está haciendo una pregunta más profunda:
“¿En quién estabas confiando?”
Estas experiencias pueden ser dolorosas, pero también profundamente santificadoras.
A veces Dios permite que una muleta desaparezca para enseñarnos nuevamente a descansar en su brazo.
No porque todos los apoyos humanos sean malos.
Sino porque ninguno debe sustituirlo.
Cristo mismo nos muestra una vida de perfecta dependencia del Padre.
Durante su ministerio terrenal oraba, buscaba la voluntad del Padre y vivía en perfecta obediencia.
Y en la cruz encontramos nuestra seguridad suprema.
Nuestra salvación nunca dependió de recursos humanos.
Cuando no podíamos salvarnos, Dios hizo por nosotros aquello que jamás hubiéramos podido hacer.
Cristo murió por nuestros pecados.
Resucitó de entre los mu**tos.
Venció la muerte.
Abrió el camino hacia el Padre.
Nuestra salvación, desde el principio hasta el final, descansa en la gracia de Dios.
Por eso el evangelio destruye nuestra autosuficiencia.
No pudimos salvarnos.
No podemos santificarnos independientemente de Cristo.
No podemos sostener nuestra vida espiritual mediante nuestra propia fuerza.
Necesitamos gracia desde el comienzo hasta el final.
Pero esto tampoco significa vivir imprudentemente diciendo:
“Yo confío en Dios, así que no necesito prepararme.”
Eso no es necesariamente fe.
Puede ser presunción.
La fe bíblica no rechaza la sabiduría.
Utiliza los medios que Dios provee, pero reconoce que la bendición viene de Dios.
Trabajamos, pero oramos.
Planeamos, pero decimos:
“Si el Señor quiere.”
Utilizamos recursos, pero nuestra confianza permanece en el Señor.
Buscamos consejo, pero pedimos dirección a Dios.
Tomamos decisiones responsables, pero descansamos en su providencia.
Alma mía, examina hoy tus apoyos.
¿Qué cosa, si desapareciera mañana, haría que sintieras que ya no puedes continuar?
Tal vez allí descubramos algo acerca de dónde está nuestra confianza.
No despreciemos los recursos que Dios nos ha dado.
Agradezcámoslos.
Utilicémoslos bien.
Administrémoslos con sabiduría.
Pero no descansemos finalmente en ellos.
Los recursos pueden agotarse.
Dios no se agota.
Las personas pueden fallar.
Dios permanece fiel.
Los planes pueden cambiar.
El propósito de Dios permanece.
Los medios pueden desaparecer.
Pero la mano de nuestro Dios sigue siendo para bien sobre aquellos que le buscan.
Por eso podemos decir con el salmista:
“En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación.”
Pensemos también en esto
Nuestra época tiene una enorme confianza en la capacidad humana.
La tecnología, la medicina, el conocimiento, la planificación y los recursos han producido muchos beneficios que podemos recibir con gratitud.
Pero ninguno de ellos puede garantizar finalmente nuestra seguridad.
La fe cristiana no nos exige rechazar los medios racionales.
Nos llama a no convertirlos en dioses.
La medicina puede tratar muchas enfermedades, pero no puede vencer definitivamente la muerte.
La economía puede ayudarnos a administrar recursos, pero no puede garantizar el mañana.
La tecnología puede aumentar nuestra capacidad, pero no puede redimir el corazón humano.
El creyente utiliza responsablemente los medios que Dios provee, pero su esperanza final permanece en el Dios vivo.
Pregunta para pensar
¿Estás utilizando los recursos que Dios te ha dado mientras confías en Él, o has comenzado a confiar más en los recursos que en el Dios que los provee?
Cita pastoral
“La fe no desprecia los medios que Dios provee; simplemente se niega a darles la confianza que pertenece solamente a Dios.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Señor, gracias por todos los medios que en tu providencia utilizas para cuidarme, ayudarme y proveer para mis necesidades.
Perdóname por las veces que he puesto mi confianza en personas, recursos, planes o capacidades más que en Ti.
Dame sabiduría para utilizar responsablemente todo lo que pongas en mis manos, pero guarda mi corazón de convertir tus regalos en sustitutos del Dador.
Cuando desaparezcan apoyos visibles, recuérdame que tu brazo permanece fuerte.
Cuando mis recursos parezcan insuficientes, enséñame a buscarte.
Que pueda trabajar diligentemente, planear sabiamente y utilizar los medios correctamente, pero descansar solamente en Ti.
Gracias porque en Cristo tengo una seguridad que ninguna circunstancia puede quitarme.
En el nombre de Jesús, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
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