Let's think
Estudio sincero de la Palabra de Dios. Dejemos que el Espiritu Santo tome control de nuestras mentes. Apliquemos la Palabra de Dios en nuestras vidas.
Dejemos que El nos use, la gloria es para El.
06/11/2026
Let’s Think: “Lo amamos porque Él nos amó primero”
11 de junio de 2026
Versículo enfocado
“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.”
(1 Juan 4:19, RVR60)
Reflexión
Pensemos por un momento en esta verdad tan sencilla y tan profunda: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.”
Juan no solo nos está hablando del amor cristiano; nos está mostrando su origen. Y eso nos lleva a una pregunta importante:
¿de dónde nace realmente el amor verdadero por Cristo?
La respuesta es clara: no nace primero de nosotros.
No comienza en la fuerza de nuestra voluntad.
No brota naturalmente de un corazón caído.
Nace como respuesta al amor previo de Dios.
Así como no hay luz verdadera en este mundo que no proceda del sol, tampoco hay amor verdadero hacia Cristo que no proceda primero de Cristo mismo. Si hoy amamos al Señor, no es porque nuestro corazón haya producido por sí solo ese afecto santo. Es porque Dios nos amó primero, nos buscó primero, nos alcanzó primero y derramó su amor sobre nosotros.
Pensemos en esto con calma:
nuestro amor por Dios no fue el inicio de la historia.
Fue la respuesta.
Antes de que pensáramos en Él, Él pensó en nosotros.
Antes de que lo buscáramos, Él nos buscó.
Antes de que le entregáramos el corazón, Cristo entregó su vida por nosotros.
Eso humilla nuestro orgullo y fortalece nuestra gratitud.
Humilla nuestro orgullo, porque nos recuerda que ni siquiera el amor más santo que sentimos hacia Dios tiene su origen final en nosotros.
Y fortalece nuestra gratitud, porque nos muestra que todo comenzó en la misericordia divina.
Entonces vale la pena pensar:
¿qué clase de amor es este, que vino a nosotros cuando aún no lo merecíamos?
Es un amor soberano.
Un amor eterno.
Un amor que no esperó a que fuéramos dignos.
Un amor que no nació porque Dios vio algo atractivo en nosotros.
Un amor que brotó de su propia bondad infinita.
Nosotros éramos indiferentes, rebeldes, distraídos, autosuficientes y duros de corazón.
Y aun así, Él nos amó.
No cuando ya lo estábamos buscando con pureza, sino cuando todavía estábamos lejos.
No cuando merecíamos cercanía, sino cuando merecíamos juicio.
Y precisamente allí brilló la gloria de su gracia.
Pensemos también en esto:
nuestro amor por Jesús es como un pequeño arroyo que nace de un océano infinito.
No lo originamos; lo recibimos.
No lo encendimos; Él lo encendió en nosotros por su Espíritu.
Pero esta verdad no solo explica el origen del amor cristiano. También explica cómo se sostiene. Porque el mismo amor que nació por gracia necesita seguir siendo alimentado por la gracia. El amor a Cristo no florece naturalmente en el suelo seco del corazón humano. Es una flor delicada que debe ser regada desde arriba.
Si intentamos sostener nuestro amor por Jesús solo con emoción, disciplina humana o entusiasmo pasajero, tarde o temprano se enfriará. Pero si permanecemos cerca de Cristo, su amor seguirá alimentando el nuestro.
Por eso necesitamos mirar una y otra vez al Salvador.
Su Palabra alimenta nuestro amor.
Su cruz lo aviva.
Su Espíritu lo renueva.
Su comunión lo mantiene vivo.
Cuando el corazón se enfría, no necesita primero mirarse demasiado a sí mismo; necesita volver a contemplar el amor de Cristo. Mirar su encarnación. Mirar su cruz. Mirar su sangre derramada. Mirar su paciencia con nosotros. Mirar su fidelidad en nuestras caídas. Mirar su intercesión constante. Mirar la gloria que nos ha prometido.
Entonces el alma vuelve a responder con amor.
No un amor perfecto todavía, pero sí real.
No un amor autosuficiente, pero sí agradecido.
No un amor que presume, sino un amor que adora.
Y esa contemplación transforma también nuestra vida práctica.
Amamos porque Él nos amó primero.
Servimos porque Él nos sirvió primero.
Perdonamos porque Él nos perdonó primero.
Nos entregamos porque Él se entregó primero por nosotros.
Pensemos también en esto
Nuestra cultura suele hablar del amor como algo que nace principalmente del deseo humano, de la emoción o de la compatibilidad. Pero la Biblia presenta el amor más profundo de una manera muy distinta: como algo que nace en Dios.
El cristianismo no comienza con el ser humano subiendo hacia Dios por esfuerzo propio. Comienza con Dios descendiendo hacia nosotros en Cristo. Y ese amor no es sentimentalismo religioso. Está anclado en un hecho histórico: Dios envió a su Hijo, y Cristo murió por pecadores. Por eso nuestro amor a Dios no es una invención emocional; es una respuesta a una gracia real, visible y costosa.
Pregunta para pensar
¿Estás tratando de producir amor por Dios desde tus propias fuerzas, o estás contemplando diariamente el amor con que Cristo te amó primero?
Cita pastoral
“Nuestro amor por Cristo no es la raíz de nuestra salvación; es el fruto de haber sido amados primero por Él.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Señor Jesús, gracias porque me amaste primero. Gracias porque cuando mi corazón no te buscaba, Tú me buscaste con gracia. Perdóname cuando mi amor por Ti se enfría por mirar más mis circunstancias que tu cruz. Riega mi corazón con tu Palabra, aviva mi amor por medio de tu Espíritu y enséñame a vivir cada día como respuesta agradecida a tu amor eterno. Que mi obediencia, mi servicio y mi adoración nazcan de contemplar cuánto me has amado. En tu nombre, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
06/09/2026
Let’s Think: “Optimismo cristiano: recordar lo que Dios ha hecho”
9 de junio de 2026
Versículo enfocado
“Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres.”
(Salmo 126:3, RVR60)
Reflexión
Pensemos por un momento en esta declaración del salmista: “Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres.”
Es una frase llena de memoria, gratitud y fe. Y eso nos lleva a una pregunta importante:
¿estamos mirando la vida cristiana solo desde el lado de nuestras luchas, o también desde el lado de la fidelidad de Dios?
Es verdad que la vida cristiana tiene batallas reales.
Hay pecado que mortificar.
Hay pruebas que soportar.
Hay lágrimas que derramar.
Hay cargas que llevar.
No sería bíblico fingir que todo es fácil. El creyente verdadero conoce la lucha contra la carne, la aflicción del camino y la debilidad de su propio corazón.
Pero también sería una visión incompleta —y hasta injusta— hablar solo de nuestras luchas sin hablar de la ayuda del Señor. Sería recordar el lodo… y olvidar la mano que nos sacó. Sería mencionar el valle… y callar que Dios nos sostuvo mientras lo cruzábamos.
Pensemos en esto con calma:
el salmista no niega el pasado difícil,
pero decide interpretarlo a la luz de la obra de Dios.
No dice: “Nunca sufrimos.”
Dice: “Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros.”
Esa es la raíz del optimismo cristiano.
No se trata de ingenuidad.
No se trata de pensamiento positivo vacío.
No se trata de cerrar los ojos al dolor.
Se trata de abrir los ojos a la fidelidad de Dios en medio del dolor.
Entonces vale la pena pensar:
¿qué clase de alegría es esta?
Es una alegría sobria y agradecida.
Una alegría que puede decir:
“Sí, hubo pruebas, pero Dios me sostuvo.”
“Sí, hubo lágrimas, pero Dios me consoló.”
“Sí, hubo pecado, pero Cristo me perdonó.”
“Sí, hubo debilidad, pero su gracia me preservó.”
Ese es el lenguaje de un creyente espiritualmente sano.
Habla de sí mismo con humildad,
pero habla de Dios con abundancia.
Puede decir:
“Yo fui sacado del lodo cenagoso.”
“Mis pies fueron puestos sobre peña.”
“Mi camino fue enderezado.”
“Mi boca recibió canción nueva.”
No porque él haya sido fuerte, sino porque el Señor ha sido misericordioso.
Pensemos también en esto:
sí, tenemos corrupciones que debemos reconocer con dolor.
Sí, todavía hay luchas internas que no debemos minimizar.
Pero también tenemos un Salvador poderoso que nos libra del dominio del pecado.
Sí, enfrentamos aflicciones,
pero también es cierto que Dios nos ha acompañado en ellas.
Sí, hemos caído en desaliento,
pero no hemos permanecido allí para siempre, porque el Señor nos levantó.
Por eso nuestras pruebas no deben silenciar nuestra alabanza.
Aun las aflicciones pueden convertirse en parte de la melodía de la gratitud.
Como en una canción, no todas las notas son agudas y brillantes. Algunas son graves, profundas y dolorosas. Pero en las manos de Dios, aun esas notas bajas sostienen la armonía de una vida que termina diciendo:
“Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros.”
El optimismo cristiano, entonces, no nace de ignorar lo difícil.
Nace de recordar quién ha estado presente en lo difícil.
No descansa en nuestra fortaleza, sino en la obra de Dios.
No dice: “todo salió como yo quería.”
Dice: “Dios fue fiel.”
Y allí el alma encuentra una alegría más sólida que el entusiasmo superficial. Encuentra una esperanza que no depende de emociones cambiantes, sino de la memoria de las misericordias del Señor.
Pensemos también en esto
Hoy muchas personas confunden el gozo cristiano con evasión emocional o con frases optimistas sin fundamento. Pero la Biblia presenta algo muy distinto. La alegría del creyente no nace de negar la realidad, sino de interpretarla a la luz de la fidelidad de Dios.
El cristianismo no nos pide fingir que no hay dolor. Nos enseña a recordar que Dios obra aun en medio del dolor. Y esa esperanza tiene su centro en Cristo. La cruz nos muestra que Dios puede sacar redención de la hora más oscura. La resurrección nos asegura que la aflicción no tiene la última palabra. Por eso el optimismo cristiano no es ilusión; es memoria agradecida y esperanza fundamentada en el Dios vivo.
Pregunta para pensar
¿Estás hablando más de tus luchas que de la fidelidad de Dios? ¿Qué grandes cosas necesitas recordar hoy con gratitud?
Cita pastoral
“El optimismo cristiano no nace de ignorar las pruebas, sino de recordar que Dios ha sido fiel en cada una de ellas.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Señor, gracias por las grandes cosas que has hecho conmigo. Perdóname cuando mi corazón se enfoca tanto en las pruebas que olvida tus misericordias. Ayúdame a recordar tus rescates, tu provisión, tu perdón y tu gracia. Pon en mi boca una canción nueva y enséñame a vivir con una alegría fundada en tu fidelidad. Que mi testimonio no engrandezca mis luchas más que tu poder, sino que declare con gratitud: grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros. En el nombre de Jesús, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
06/08/2026
Let’s Think: “La batalla es del Señor”
8 de junio de 2026
Versículo enfocado
“Y cayeron muchos heridos, porque la guerra era de Dios.”
(1 Crónicas 5:22, RVR60)
Reflexión
Pensemos por un momento en esta afirmación: “la guerra era de Dios.”
Esa frase cambia por completo la manera de mirar el conflicto. El creyente no camina por este mundo como turista espiritual, sino como soldado bajo la bandera del Señor Jesús. Y eso nos lleva a una pregunta importante:
¿cómo enfrentamos nuestras batallas cuando recordamos que, en última instancia, la guerra le pertenece a Dios?
La vida cristiana está llena de combate.
Hay batallas contra el pecado interno.
Contra la carne.
Contra la incredulidad.
Contra la mentira.
Contra el error.
Contra la frialdad del corazón.
Y contra las fuerzas espirituales de maldad.
Pero este pasaje no nos deja mirar la guerra solo desde abajo. Nos levanta la vista. Nos recuerda que cuando la causa es de Dios, la victoria no depende finalmente del tamaño del ejército, sino del poder del Capitán.
Pensemos en esto con calma:
los hijos de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés no parecían un ejército impresionante frente a sus enemigos.
No vencieron porque fueran suficientes en sí mismos.
Vencieron porque clamaron a Dios en medio de la batalla, confiaron en Él, y el Señor peleó por ellos.
Eso no significa que fueron pasivos.
Tenían escudos, espadas y arcos.
Usaron medios legítimos.
Se prepararon.
Avanzaron.
Lucharon.
Pero su confianza no estaba en las armas, sino en Jehová.
Y ahí hay una lección muy necesaria para nosotros.
También nosotros debemos usar los medios que Dios nos ha dado:
oración,
Palabra,
vigilancia,
comunión con la iglesia,
disciplina espiritual,
consejo sabio,
servicio fiel.
Pero nuestra confianza no puede descansar en esos medios como si fueran poderosos por sí mismos. Nuestra confianza descansa en el Señor que obra por medio de ellos.
Entonces vale la pena pensar:
¿qué ocurre cuando trasladamos esta verdad a nuestras luchas de hoy?
Cuando peleas contra un pecado persistente, recuerda: la batalla es del Señor.
Cuando enfrentas tentaciones repetidas, recuerda: la batalla es del Señor.
Cuando debes defender la verdad con humildad, recuerda: la batalla es del Señor.
Cuando la impiedad parece avanzar y tu fe parece pequeña, recuerda: la batalla es del Señor.
Cuando te sientes pocos, débiles o cansados, recuerda que el Señor no salva con muchos ni con pocos; salva por su poder.
Pensemos también en esto:
una de las armas favoritas del enemigo es hacernos medir la batalla solo por lo visible.
Nos quiere hacer pensar: “son demasiados”, “esto es muy fuerte”, “yo no puedo”, “ya estoy vencido”.
Pero la fe responde: “no miro solo el campo; miro también al trono.”
Eso no produce arrogancia.
Produce dependencia.
Porque pelear la batalla del Señor no significa actuar con dureza carnal, ni con orgullo religioso, ni con espíritu humano. El soldado de Cristo no pelea con odio. Pelea con verdad y amor. No pelea para engrandecerse, sino para honrar al Rey. No pelea confiando en su temperamento, sino revestido de la armadura de Dios.
Pensemos en la diferencia:
nuestra espada es la Palabra.
Nuestra fuerza es la gracia.
Nuestra bandera es Cristo.
Nuestra postura no es la soberbia, sino la dependencia.
Por eso esta verdad no solo nos anima; también nos corrige. Porque a veces queremos pelear las batallas espirituales con armas carnales: enojo desordenado, discusiones inútiles, confianza en la fuerza de nuestra personalidad o impulsos de orgullo. Pero la guerra del Señor se pelea de otra manera: de rodillas, con la Escritura abierta, con el corazón rendido y con la mirada puesta en Cristo.
Así que, creyente, mantente firme.
Ora con fe.
Obedece con valentía.
Resiste al enemigo.
Pelea contra el pecado.
Defiende la verdad.
Sirve aunque seas pocos.
Y no midas la batalla solo por lo que ves. Mírala también desde la fidelidad de Dios.
Pensemos también en esto
Muchas personas se incomodan cuando el cristianismo habla de batalla espiritual, porque piensan en fanatismo, agresión o violencia. Pero la Biblia define esta guerra de manera muy distinta. No luchamos contra carne y sangre, ni usamos armas carnales. La batalla del creyente es contra el pecado, la mentira, la idolatría, la injusticia y las fuerzas espirituales del mal.
El cristianismo no llama a imponer la fe por la fuerza, sino a dar testimonio de la verdad con santidad, amor y perseverancia. Eso muestra algo profundamente equilibrado: una visión seria del mal y, al mismo tiempo, una manera redentora de enfrentarlo. No con odio humano, sino con la gracia y la verdad de Cristo.
Pregunta para pensar
¿Qué batalla estás enfrentando hoy, y dónde necesitas dejar de confiar en tus propias fuerzas para clamar al Señor y pelear bajo su bandera?
Cita pastoral
“La batalla es del Señor, pero Él llama a sus hijos a pelear de rodillas, con la Palabra en la mano y Cristo en el corazón.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Señor, reconozco que mis fuerzas son pequeñas, pero tu poder es infinito. Ayúdame a no temer cuando la batalla parezca grande. Enséñame a usar los medios que me has dado, pero a confiar solamente en Ti. Dame valentía contra el pecado, humildad para defender la verdad, perseverancia en la oración y amor en medio del conflicto. Que mi vida levante la bandera de Cristo y que toda victoria sea para tu gloria. En el nombre de Jesús, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
06/07/2026
Let’s Think: “El mal nos acecha para llevarnos a perdición”
7 de junio de 2026
Versículo enfocado
“Los que a Jehová amáis, aborreced el mal.”
(Salmo 97:10, RVR60)
Reflexión
Pensemos por un momento en esta exhortación: “Los que a Jehová amáis, aborreced el mal.”
No dice simplemente: “eviten el mal.” Dice: aborrecedlo. Y eso nos lleva a una pregunta importante:
¿por qué debe el creyente tratar el mal con odio santo y no con tolerancia suave?
La respuesta comienza mirando hacia atrás. El pecado ya nos ha hecho demasiado daño como para tratarlo con liviandad. Nos cegó para no ver la hermosura del Salvador. Nos ensordeció para no oír las invitaciones del Redentor. Desvió nuestros pies hacia el camino de la muerte. Envenenó la fuente misma del corazón. Hizo del alma algo torcido, engañoso y perverso.
Pensemos en esto con calma:
antes de la gracia, el mal no era un detalle pequeño en nuestra vida.
Era una ruina profunda.
Nos arrastraba.
Nos dominaba.
Nos alejaba de Dios.
Y si el amor omnipotente del Señor no hubiera intervenido, nuestra alma se habría perdido para siempre.
Entonces vale la pena pensar:
¿cómo podríamos ahora acariciar aquello mismo que casi nos destruyó?
El pecado no solo fue un enemigo del pasado. Sigue siendo un enemigo del presente. Aun ahora acecha. Busca dañar. Busca enfriar el corazón. Busca sembrar aflicción. Busca llevar al creyente a tropiezo, tristeza y ruina espiritual. Por eso el salmista no habla de una actitud neutral frente al mal. Nos llama a rechazarlo con firmeza.
Pensemos también en esto:
si no queremos sembrar espinas en nuestro camino, debemos aborrecer el mal.
Si no queremos ortigas en la almohada del alma, debemos aborrecer el mal.
Si queremos vivir con gozo santo y morir en paz, debemos andar por sendas de santidad.
Eso no significa que el creyente ya no lucha. Sí lucha. Sí siente tentación. Sí conoce su debilidad. Pero precisamente por eso necesita una postura clara: no jugar con el pecado, no suavizarlo, no llamarlo pequeño, no tratarlo como un compañero inofensivo. El mal no merece simpatía; merece guerra.
Y aquí hay una motivación todavía más profunda:
si en verdad amamos a nuestro Salvador, debemos aborrecer lo que le ofende.
No se puede amar a Cristo y hacer amistad con aquello que hiere la comunión con Él. No se puede decir que amamos su santidad mientras toleramos con calma lo que destruye el alma.
Por eso esta exhortación no es meramente negativa. No se trata solo de alejarse del mal, sino de acercarse más a Cristo. Porque una de las maneras más poderosas de curar el amor al mundo es cultivar comunión continua con el Señor Jesús.
Pensemos en esto con sinceridad:
cuanto más tiempo pasa el alma con Cristo, menos atractivo parece el mundo.
Cuanto más contemplamos su gloria, más repulsivo se vuelve el pecado.
Cuanto más disfrutamos su comunión, menos ganas hay de volver a las cadenas antiguas.
La victoria contra el mal no se sostiene solo con fuerza de voluntad. Se sostiene también por una vida cerca de Jesús. Permanecer con Él cambia nuestros afectos. Reordena nuestros deseos. Nos enseña a amar lo que Él ama y a aborrecer lo que Él aborrece.
Pensemos también en esto
Nuestra cultura muchas veces trata el mal como algo relativo, negociable o incluso atractivo. Se nos enseña a llamarlo por nombres más suaves, a justificarlo, a normalizarlo o a minimizar sus efectos. Pero la Biblia es mucho más honesta. Nos muestra que el mal no es un juego inocente; es una fuerza destructiva que hiere al ser humano y lo aparta de Dios.
Y el cristianismo no solo desenmascara el pecado; también ofrece el remedio verdadero. Cristo no vino simplemente a decirnos que el mal existe. Vino a rescatarnos de su poder, de su culpa y de su dominio. Por eso el llamado a aborrecer el mal no es moralismo seco; es la respuesta lógica de un corazón que ha sido rescatado por gracia.
Pregunta para pensar
¿Qué forma de mal estás tratando con demasiada suavidad hoy, cuando deberías aborrecerla por amor a Cristo y por el bien de tu alma?
Cita pastoral
“No se puede amar verdaderamente a Cristo y hacer amistad con aquello que busca destruir la comunión con Él.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Señor, ayúdame a aborrecer el mal. Perdóname cuando he tratado el pecado con ligereza, cuando he olvidado cuánto daño hizo a mi alma y cuando he jugado con aquello que Tú viniste a vencer. Hazme amar más tu santidad y vivir más cerca de Cristo. Que mi corazón no encuentre placer en lo que te ofende, sino gozo en caminar contigo. Guárdame del mal y sosténme hasta el fin. En el nombre de Jesús, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
06/06/2026
Let’s Think: “Tal como soy, vengo a Cristo”
6 de junio de 2026
Versículo enfocado
“He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca.”
(Job 40:4, RVR60)
Reflexión
Pensemos por un momento en esta confesión de Job: “He aquí que yo soy vil.”
No es la voz de alguien destruyéndose a sí mismo por simple tristeza emocional. Es la voz de un hombre que, al contemplar la majestad de Dios, deja de justificarse. Y eso nos lleva a una pregunta importante:
¿qué sucede cuando el alma ve de verdad la santidad de Dios?
Sucede algo que nuestra naturaleza no hace fácilmente: se calla. Deja de defenderse. Deja de presentar excusas. Deja de imaginar que puede sostenerse por sus propios méritos. Job no respondió con argumentos, ni con una lista de logros espirituales. Puso la mano sobre su boca. Reconoció su pequeñez delante del Señor.
Pensemos en esto con calma:
esa es precisamente una de las puertas por donde entra la gracia.
La gracia no comienza cuando el hombre presume limpieza.
Comienza cuando reconoce necesidad.
No comienza cuando alguien se cree suficiente.
Comienza cuando alguien dice con verdad: “Señor, no puedo justificarme delante de Ti.”
Y aquí hay un consuelo muy grande para el pecador que se siente indigno.
Muchas veces el corazón piensa:
“Soy demasiado vil para venir a Dios.”
“Necesito arreglarme primero.”
“Debo limpiarme antes de acercarme.”
Pero el evangelio responde de una manera completamente distinta:
no vienes a Cristo porque ya estás limpio; vienes a Cristo porque solo Él puede limpiarte.
Eso significa que la sensación de necesidad no es una barrera para venir a Jesús; bien entendida, es una razón para correr a Él. Job aprendió a verse pequeño. Isaías exclamó: “¡Ay de mí!” Pablo se llamó a sí mismo el primero de los pecadores. Los hombres más enseñados por Dios no fueron los que mejor se justificaron, sino los que mejor aprendieron a reconocer su necesidad de misericordia.
Entonces vale la pena pensar:
¿qué estamos esperando para venir a Cristo?
¿Una vida más limpia?
¿Un corazón menos culpable?
¿Una sensación de dignidad que finalmente nos dé permiso para acercarnos?
Si esperamos eso, nunca vendremos.
Si esperamos quitar nuestro pecado por nuestras propias fuerzas para luego acercarnos al Salvador, moriremos lejos de la gracia.
Cristo no vino a llamar a los que se creen sanos.
Vino a llamar a pecadores al arrepentimiento.
No recibe a quienes traen credenciales espirituales, sino a los que vienen con las manos vacías.
Pensemos en esto con reverencia y alivio:
no debes decir: “Soy muy vil para Cristo.”
Debes decir: “Porque soy vil, necesito a Cristo.”
Ese cambio lo transforma todo. Ya no ves tu pecado como excusa para huir, sino como motivo para refugiarte en el único que puede salvar. Ya no intentas maquillarte delante de Dios. Ya no te presentas mejor de lo que eres. Vienes tal como eres, pero vienes a Jesús.
Y allí el evangelio resplandece con toda su hermosura.
El que viene culpable puede levantarse perdonado.
El que viene manchado puede salir lavado.
El que viene perdido puede hallar vida.
El que viene sin justicia propia puede ser vestido con la justicia del Salvador.
Pensemos también en esto:
la promesa no está hecha para mañana, sino para hoy.
No debemos posponer la gracia esperando sentirnos menos indignos.
No debemos decir: “algún día vendré.”
La Escritura insiste: ahora es el tiempo aceptable.
Ahora es el día de salvación.
Y esta verdad no solo consuela al inconverso; también mantiene humilde al creyente. Porque aun después de haber sido salvados, seguimos necesitando la gracia de Cristo. Seguimos viniendo a Él no con orgullo religioso, sino con gratitud profunda. La vida cristiana entera sigue siendo una vida de dependencia:
“Tal como soy, Señor, sigo necesitando tu sangre, tu perdón y tu poder.”
Pensemos también en esto
Nuestra cultura suele decir que el ser humano necesita principalmente afirmarse, justificarse y sentirse suficiente. Pero la Biblia nos muestra algo más profundo: el problema central del hombre no es solo una autoestima herida, sino pecado real delante de un Dios santo.
Y, sin embargo, el cristianismo no nos deja en desesperación. Nos llama a reconocer nuestra vileza, sí, pero no para destruirnos, sino para llevarnos al único Salvador que puede limpiarnos. El evangelio es radicalmente honesto acerca de nuestra culpa y radicalmente glorioso en su remedio: Cristo justifica al impío que cree. Esa unión de verdad y gracia es una de las bellezas más profundas del mensaje cristiano.
Pregunta para pensar
¿Estás intentando mejorar para luego venir a Cristo, o estás dispuesto a venir a Él hoy tal como eres, confiando solo en su gracia?
Cita pastoral
“El pecador no viene a Cristo porque ya está limpio; viene a Cristo porque solo Él puede limpiarlo.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Señor Jesús, reconozco que soy pecador y que no puedo limpiarme a mí mismo. Perdóname por las veces que he querido justificarme o esperar sentirme digno antes de venir a Ti. Hoy vengo tal como soy, necesitado de tu sangre, tu gracia y tu justicia. Lávame, recíbeme y transforma mi vida. Gracias porque no rechazas al pecador arrepentido, sino que lo vistes con tu salvación. En tu nombre, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
06/05/2026
Let’s Think: “Permanezcamos en el arca de Cristo”
5 de junio de 2026
Versículo enfocado
“Y los que vinieron, macho y hembra de toda carne vinieron, como le había mandado Dios; y Jehová le cerró la puerta.”
(Génesis 7:16, RVR60)
Reflexión
Pensemos por un momento en esta frase: “Jehová le cerró la puerta.”
No fue Noé quien finalmente aseguró el arca. No fue su fuerza. No fue su previsión. No fue su capacidad. Fue Dios mismo quien lo encerró dentro del lugar de salvación. Y eso nos lleva a una pregunta importante:
¿qué significa para nosotros estar guardados dentro del arca que Dios mismo ha provisto?
La escena es profundamente solemne. Afuera quedaba un mundo entregado a la maldad y acercándose al juicio. Adentro estaba el refugio preparado por Dios. Y la misma mano que anunció el juicio fue la mano que aseguró a Noé dentro del arca. Esa combinación es gloriosa: el Dios santo que juzga también es el Dios misericordioso que provee salvación.
Pensemos en esto con calma:
Noé no fue salvado por estar simplemente cerca del arca.
No fue salvado por admirarla.
No fue salvado por hablar de ella.
Fue salvado por estar dentro de ella.
Y allí vemos una imagen muy clara del evangelio. Cristo es el arca segura para el alma. No basta conocer cosas acerca de Él. No basta hablar de Él. No basta tener lenguaje cristiano, costumbre religiosa o familiaridad con el mundo de la fe. La pregunta decisiva es otra:
¿estamos realmente refugiados en Cristo?
Porque estar en Cristo significa mucho más que simpatizar con la verdad. Significa haber sido unido a Él por la gracia de Dios. Significa haber entrado por arrepentimiento y fe viva. Significa que ya no estamos expuestos al juicio como quienes permanecen fuera del refugio, sino guardados bajo la provisión misericordiosa de Dios.
Pensemos también en esto:
Noé no solo fue cerrado fuera del mundo; fue cerrado con Dios.
La invitación fue: “Entra tú en el arca.”
No era un encierro vacío. No era simplemente un escondite oscuro. Era un refugio donde el mismo Dios acompañaba a los suyos.
Eso es exactamente lo que ocurre con el creyente. En Cristo no solo somos salvados de la condenación; somos llevados a la comunión con Dios. El Padre nos guarda. El Hijo nos cubre. El Espíritu Santo nos sostiene. No hemos sido puestos en un refugio impersonal, sino en una unión viva con el Salvador.
Entonces vale la pena pensar:
¿qué implica vivir dentro del arca de Cristo?
Implica que ya no pertenecemos al sistema de este mundo.
No podemos vivir con el corazón jugando en la Feria de la Vanidad como si el pecado fuera inofensivo y la santidad opcional.
Si Dios nos ha puesto en Cristo, entonces nuestra vida debe empezar a reflejar que somos de Cristo.
Nuestros deseos.
Nuestras prioridades.
Nuestros afectos.
Nuestra manera de caminar.
Todo debe mostrar que ya no estamos afuera.
Y aquí hay otro consuelo hermoso. Dentro del arca había seguridad. Afuera, juicio. Dentro, descanso. Afuera, destrucción. Y las mismas aguas que juzgaron al mundo levantaron el arca hacia arriba. Así también, muchas de las aflicciones que parecen amenazar al creyente no pueden destruirlo cuando está en Cristo. Dios puede usar esas aguas para purificar su fe, levantar su alma y acercarlo más a Él.
Pensemos en esto con reverencia:
las pruebas no hunden al creyente que está en Cristo.
Pueden sacudirlo.
Pueden hacerlo llorar.
Pueden parecer profundas.
Pero no pueden separarlo del refugio seguro donde Dios lo ha puesto.
Y todavía hay otra verdad preciosa:
Noé fue cerrado para permanecer allí.
La puerta que Dios cerró para guardar a los suyos no podía ser abierta por la furia del juicio.
Eso también nos habla de la seguridad del creyente en Cristo.
Los que verdaderamente están en Él están guardados por la fidelidad de Dios.
El enemigo no puede arrancarlos de la mano del Salvador.
La malicia del in****no no puede abrir lo que Dios cerró para salvación.
Pero esta imagen también trae una advertencia solemne. Llegó un momento en que la puerta fue cerrada. Y una vez cerrada por Dios, nadie pudo abrirla. Del mismo modo, el evangelio hoy llama, invita y ofrece refugio en Cristo, pero no debemos presumir del mañana. No debemos contentarnos con estar cerca de las cosas de Dios sin haber entrado realmente en Cristo.
Por eso, pensemos con seriedad:
no basta admirar el arca.
No basta estudiar el arca.
No basta emocionarse con el arca.
Hay que entrar.
Pensemos también en esto
Muchos leen la historia de Noé y solo ven juicio. Pero la Biblia también nos enseña a verla como una historia de misericordia. Dios no solo advirtió del peligro; también proveyó un refugio. Y eso apunta directamente al corazón del evangelio.
Dios no ignora el pecado. El juicio es real. Pero tampoco deja al pecador sin camino de salvación. En Cristo, la justicia y la misericordia se encuentran. La cruz nos dice que el pecado es serio. La resurrección nos dice que el refugio es seguro. La gran pregunta no es si necesitamos salvación, sino si hemos entrado por fe en el único refugio que Dios ha provisto.
Pregunta para pensar
¿Estás verdaderamente refugiado en Cristo, o solo cerca de las cosas de Cristo?
Cita pastoral
“No basta conocer el arca; hay que entrar en ella. No basta hablar de Cristo; hay que refugiarse en Él.”
— Pastor Julio Jiménez
Oración
Señor, gracias porque en Cristo has provisto un arca segura para mi alma. Perdóname por las veces que he tratado el pecado con ligereza o he vivido demasiado cerca del mundo. Hoy me refugio nuevamente en Jesús. Guárdame dentro de tu misericordia, sostenme por tu gracia y ayúdame a permanecer en comunión contigo. Que mi vida muestre que pertenezco a Cristo y que mi esperanza está segura en Él. En el nombre de Jesús, amén.
Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.
Click here to claim your Sponsored Listing.
Category
Telephone
Website
Address
Edmonds, WA
98026