El ojo del alma
Arte meditativo, fotografías como ventanas a otros mundos. Trabajos de Carlos Adampol Galindo
El ojo del alma nace del ojo de la mente,
que es el ojo en el todo,
el ojo del hombre. El ojo de la mente se alimenta de todo aquello que ha mirado e imaginado,
tiene ante sí el panorama completo, la visión de su tiempo. El ojo del alma no precisa de luz, todo lo ha visto, es la conciencia de la vida,
la concepción de totalidad desde un punto fuera del tiempo. La cámara es sólo una extensión de es
—Diferencia y repetición—
En la dimensión espacio-temporal, todo es diferencia en devenir. De la variación incesante emergen regularidades: de la naturaleza que brota distinta cada día nace un bosque que no es una colección de copias del árbol, sino una multiplicidad viva. En el mar no se repite jamás una ola: aparecen singularidades irreductibles. La vida no imita formas; inventa variaciones que, al persistir, devienen forma.
La diferencia es potencia interna de variación que se manifiesta en intensidades, pliegues y mutaciones. De ella surgen ritmos y líneas de fuga: repeticiones y patrones que parecen, a la vez, descubrimientos e invenciones de la abstracción humana. La repetición creó a la máquina, y esta a la máquina de máquinas. La estructura informacional del universo parece reflejarse tanto en el humano como en la máquina: desde las historias como fenómeno de la repetición hasta las máquinas que escriben historias.
En el campo del universo crece un brote de la vida y de la rama humana se engendran otras ramas. A su paso queda un verdor y un habitar colorido. Aunque eventualmente aparece una necrosis: una sombra que indica que la repetición se ha vuelto sobre sí, una mecánica vacía: el hábito y la rutina , la copia que ya no produce génesis. En la máquina de máquinas de Deleuze, una pieza reemplaza a otra; un día reemplaza al siguiente; un consumo reemplaza al anterior, lo humano de a poco se extingue.
Pero cuando en el humano la repetición es vivificadora se produce una intensidad creadora, un silencio purificador. En música, el ritornello regresa, pero regresa transformado. En la conciencia aparece un despertar, y luego otro: un Buda da paso al siguiente.
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Wats en Tailandia, mar. 2026.
Remapeo temporal del video al tiempo musical.
Diseño de audio con sonido ambiental y pista de Guilherme Bernardes
—Uno de los treinta pájaros—
Caminando entre autos, en una ciudad, encontré un lugar de silencio cristalino: un templo a la orilla del río Mekong, del que provenía un canto místico. Era un ave de ciudad que nunca antes había escuchado: mecánica y un poco fuera de tono, pero llena de una resonancia que parecía elevar la conciencia.
Con lentitud me acerqué y, para mi sorpresa, descubrí un ave a la vez humana y máquina. Pienso que se trataba de una pieza de arte urbano —tal vez involuntaria—: una mujer que, al ejercitarse y entrar en el flujo de su ritmo, produce una música llena de silencios.
Hay lugares que invitan al silencio a cantar. En esos espacios, a menudo se posa al atardecer un ave que escucha y luego responde con el silencio del entorno. En la naturaleza hay una coordinación emergente: el canto de un ruiseñor, potente y complejo, surge solo en momentos de relativa quietud, cuando el bosque termina la larga exhalación de la tarde y comienza la inhalación nocturna.
Cuando la bulla de un pueblo se apaga en el silencio de la cena, el petirrojo europeo se posa a practicar un canto cuya sola voz atraviesa el espacio. Cada ave se comunica con las herramientas que le han sido dadas por su entorno y, como diría Jakob von Uexküll, cada especie habita un «Umwelt», un mundo perceptivo propio.
En La conferencia de los pájaros, de Farid ud-Din Attar, el ruiseñor está enamorado de la rosa —su propio canto— y queda cautivado por ella. Incapaz de desprenderse de esa fascinación, rehúsa emprender el camino hacia el Simurg. Representa al amor que aún necesita forma, expresión y belleza. El viaje que propone Attar exige otra cosa: un amor que atraviese la pérdida, que no se aferre a ninguna figura.
En el relato, la abubilla conduce a las demás aves hacia el Simurg. Su sabiduría no consiste en hablar más, sino en saber cuándo hablar y cuándo callar: encarna una inteligencia que no desperdicia la palabra. Su autoridad tiene algo de ese «uso del silencio» como instrumento musical.
De aquellas aves que iniciaron el viaje, solo treinta cruzan los valles de la ilusión y llegan al Simurg: —el espejo del Si mismo—, las que aceptaron el viaje de transformación solo para descubrirse no en su identidad anterior, sino como algo irreconocible: ellas mismas, pero sin el «ellas» que creían ser: uno de los treinta pájaros.
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Ubon Ratchathani, Tailandia.
Composición a partir de fotografía, video y sonido ambiente.
Marzo, 2026
—Réplica del castillo de Phanom Rung bajo la Luna—
El templo dedicado en su origen a Shiva es en sí una cosmología contruida en piedra, el templo no representa al mundo, es el mundo en miniatura. Su arquitectura está relacionada al mismo estilo que Angkor Wat en Cambodia (no muy lejos de ahí) y simboliza el Monte Kailash (la morada de Shiva). Al templo no se «entra», se atraviesa como un proceso de transformación.
Está alineado a la perfección con el cosmos por lo que en cuatro días al año, a veces durante apenas unos pocos minutos, el sol atraviesa 15 puertas alineadas hasta el santuario interior y alumbra una escultura de Buda, en en la antiguedad un Shiva Lingam, la forma sin forma, la potencia creadora pura, el eje vertical que une cielo y tierra.
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BuriRam, Tailandia.
Marzo, 2026
16/04/2026
—Réplica del castillo de Phanom Rung bajo la Luna—
Un templo Hindú-Budista en lo que en la antigüedad se conocía como Indochina, una vasta zona de influencia del Hinduismo y el Budismo.
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BuriRam, Tailandia.
Marzo, 2026
Composición a partir de 66 fotos individuales.
06/04/2026
—Higuera sagrada—
En Tailandia los árboles son «ordenados» con una túnica naranja como si fueran monjes. Como si fueran seres en sati: en atención plena.
Porque tienen un forma de «habitar en el mundo» sin violentarlo,
dejando que las cosas crezcan a su alrededor.
El árbol aparece como «un conocedor». No porque piense, sino porque no separa. Su saber no es conceptual, es ontológico. Pararse bajo sus pies y mirar su grandeza es presenciar la unidad de lo diverso.
Ordenarlos es una forma de resistencia casi invisible, una forma no violenta contra la tala. Es un recordatorio de lo sagrado en la vida cotidiana.
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Composición a partir de 60 fotografías.
Phitsanulok, Tailandia,
Marzo, 2026
05/04/2026
—Puesta de Luna llena sobre Bangkok al amanecer—
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Tailandia
abr. 2026
04/04/2026
—Luna llena de abril sobre Bangkok—
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Una sola toma recortada de un 70 mm.
—Mujer labrando el campo a la tarde—
A la memoria de mi madre, que representa lo divino en todo lo vivo, lo que brota en constante belleza a mis pasos, el abrigo que me abraza con su luz.
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Lampang, Tailandia.
Marzo, 2026
29/03/2026
—Un fuego que arde sin dolor—
Es la verdad de Eliseo:
Un jardín ideal, un estado de plenitud.
Es la primavera que renueva los corazones invernados.
Un fuego que arde sin dolor,
Es esto lo que mi alma persigue.
Un paraíso no como destino,
sino como síntoma de un anhelo,
Un lugar oculto en la vida cotidiana.
al que se nunca se arriba,
solo se lo reconoce,
cuando descubrimos que
es algo por lo que vale vivir.
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Chiang Rai, Tailandia
Feb, 2026.
28/03/2026
—Kuan Yin—
Bodhisattva de la compasión, la misericordia y la bondad,
La que escucha el sonido del llanto del mundo.
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Wat Huay Pla Kang, Chiang Rai,
Tailandia
Feb. 2026
26/03/2026
—Autorretrato pintado bajo la Luna—
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Chiang Rai, Tailandia
Feb. 2026
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