EBEN EZER
Podrás recordar las promesas e indicaciones que están estipuladas en las Sagradas Escrituras.
Cuando Jesús fue despertado para hacer frente a la tempestad, se hallaba en perfecta paz. No había en sus palabras ni en su mirada el menor vestigio de temor, porque no había temor en su corazón. Pero él no confiaba en la posesión de la omnipotencia. No era en calidad de "dueño de la tierra, del mar y del cielo" cómo descansaba en paz. Había depuesto ese poder, y aseveraba: "No puedo yo de mí mismo hacer nada.' Jesús confiaba en el poder del Padre. Descansaba en la fe -fe en el amor y cuidado de Dios-, y el poder de aquella palabra que calmó la tempestad era el poder de Dios.
Así como Jesús reposaba por la fe en el cuidado del Padre, así también hemos de confiar nosotros en el cuidado de nuestro Salvador. Si los discípulos hubiesen confiado en él, habrían sido guardados en paz. Su temor en el tiempo de peligro reveló su incredulidad. En sus esfuerzos por salvarse a sí mismos, se olvidaron de Jesús; y únicamente cuando desesperando de lo que podían hacer, se volvieron a él, pudo ayudarles.
¡Cuán a menudo experimentamos nosotros lo que experimentaron los discípulos! Cuando las tempestades de la tentación nos rodean y fulguran los fieros rayos y las olas nos cubren, batallamos solos con la tempestad, olvidándonos de que hay Uno que puede ayudarnos. Confiamos en nuestra propia fuerza hasta que perdemos nuestra esperanza y estamos a punto de perecer. Entonces nos acordamos de Jesús, y si clamamos a él para que nos salve, no clamaremos en vano. Aunque él con tristeza reprende nuestra incredulidad y confianza propia, nunca deja de darnos la ayuda que necesitamos. En la tierra o en el mar, si tenemos al Salvador en nuestro corazón, no necesitamos temer. La fe viva en el Redentor serenará el mar de la vida y de la manera que él reconoce como la mejor nos librará del peligro.
Este milagro de calmar la tempestad encierra otra lección espiritual. La vida de cada hombre testifica acerca de la verdad de las palabras de la Escritura: "Los impíos son como la mar en tempestad, que no puede estarse quieta.... No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos." El pecado ha destruido nuestra paz. Mientras el yo no está subyugado, no podemos hallar descanso. Las pasiones predominantes en el corazón no pueden ser regidas por facultad humana alguna. Somos tan impotentes en esto como los discípulos para calmar la rugiente tempestad. Pero el que calmó las olas de Galilea ha pronunciado la palabra que puede impartir paz a cada alma. Por fiera que sea la tempestad, los que claman a Jesús: "Señor, sálvanos" hallarán liberación. Su gracia, que reconcilia al alma con Dios, calma las contiendas de las pasiones humanas, y en su amor el corazón descansa. "Hace parar la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas. Alégranse luego porque se reposaron; y él los guía al puerto que deseaban." "Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo." "Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre."
EXTRAÍDO DEL LIBRO "EL DESEADO DE TODAS LAS GENTES" DE ELENA G. WHITE, CAP. 35 "CALLA, ENMUDECE".
29/08/2020
La preparación para el bautismo
Los candidatos para el bautismo necesitan una preparación más cabal. Necesitan ser instruidos más fielmente de lo que generalmente se los ha instruido. Los principios de la vida cristiana deben ser presentados claramente a los recién llegados a la verdad. Nadie puede depender de su profesión de fe como prueba que tiene una relación salvadora con Cristo. No hemos de decir solamente: Yo creo, sino practicar la verdad. Conformándonos a la voluntad de Dios en nuestras palabras, nuestro comportamiento y carácter, es como probamos nuestra relación con él. Cuando alguien renuncia al pecado, que es la trasgresión de la ley, su vida será puesta en conformidad con la ley, en perfecta obediencia. Esta es la obra del Espíritu Santo. La luz de la Palabra estudiada cuidadosamente, la voz de la conciencia, las súplicas del Espíritu; producen en el corazón verdadero amor a Cristo, quien se dio como sacrificio completo para redimir toda la persona: el cuerpo, el alma, y el espíritu. Y el amor se manifiesta por la obediencia. La línea de demarcación será clara entre los que aman a Dios y guardan sus mandamientos, y aquellos que no le aman y desprecian sus preceptos.
Los hombres y mujeres que sean fieles cristianos sentirán un interés intenso por impartir al alma convencida un correcto conocimiento de la justicia en Cristo Jesús. Algunos han permitido que el deseo de satisfacción egoísta lo domine todo en su vida; por estas almas los creyentes fieles deben velar como quienes tienen que dar cuenta. No deben descuidar la instrucción fiel, tierna y amante tan esencial para los jóvenes conversos, a fin de que la obra no sea hecha a medias. La primera experiencia debe ser correcta.
Satanás quiere que nadie contemple la necesidad de una completa entrega a Dios. Cuando el alma no hace esta entrega y no abandona el pecado; los apetitos y pasiones lucharán por el predominio y las tentaciones confundirán la conciencia, de manera que la verdadera conversión no se realiza. Si todos tuvieran un concepto del conflicto que cada alma debe sostener con los agentes satánicos que están tratando de entrampar, seducir y engañar, habría una labor diligente mucho mayor en favor de los que son jóvenes en la fe.
Con frecuencia, esas almas, abandonadas a su propio criterio, son tentadas y no disciernen lo malo de la tentación. Se les debe decir que es un privilegio solicitar consejos. Permítaseles que busquen la sociedad de los que pueden ayudarles. Mediante su trato con los que aman y temen a Dios recibirán fuerzas.
Nuestra conversación con estas almas debe ser de un carácter espiritual y animador. El Señor nota los conflictos de todos los seres débiles que dudan y luchan, y ayudará a todos los que le invocan. Verán el cielo abierto delante de ellos, y los ángeles de Dios que bajan y suben por la escalera resplandeciente por la cual ellos están tratando de subir.
La obra de los padres. Los padres cuyos hijos deben ser bautizados tienen una obra que hacer, tanto en lo que se refiere a examinarse ellos mismos, como en cuanto a dar instrucciones fieles a sus hijos. El bautismo es un rito muy sagrado e importante, y su significado debe comprenderse cabalmente. Significa arrepentirse del pecado e iniciar una nueva vida en Cristo Jesús. No debe haber un indebido apresuramiento para recibir este rito. Calculen el costo tanto los padres como los hijos. Al consentir en que sus hijos sean bautizados, los padres se comprometen solemnemente a ser fieles mayordomos para estos hijos, a guiarlos en la edificación de su carácter. Se comprometen a cuidar con interés especial estos corderos del rebaño, a fin de que no deshonren la fe que profesan.
Debe darse instrucción religiosa a los niños desde sus más tiernos años. Debe dárseles no con espíritu de condenación, sino con un espíritu alegre y feliz. Las madres necesitan estar en guardia constantemente, no sea que la tentación llegue a los niños en forma que no la conozcan. Los padres han de proteger a sus hijos con instrucciones sabias y placenteras. Como los mejores amigos de estos seres inexpertos, deben ayudarles en la obra de vencer, porque para ellos ser victoriosos lo significa todo. Deben considerar que sus amados hijos que están tratando de hacer lo recto son los miembros más jóvenes de la familia del Señor, y deben sentir un intenso interés por ayudarles a andar rectamente en la senda de la obediencia. Con amante interés debe enseñárseles día tras día lo que significa ser hijos de Dios y entregar la voluntad en obediencia a él. Enseñadles que la obediencia a Dios entraña obediencia a los padres. Esta debe ser una obra de cada día y hora. Padres, velad, velad, y orad, y haced de vuestros hijos vuestros compañeros.
Cuando llega el período más feliz de su vida, y en su corazón aman a Jesús y desean ser bautizados, obrad fielmente con ellos. Antes que reciban el rito, preguntadles si es su propósito principal en la vida trabajar para Dios. A continuación explicadles cómo deben comenzar. Las primeras lecciones significan mucho. Con sencillez enseñadles a prestar su primer servicio a Dios. Presentadles esta obra de la manera que haga más fácil su compresión. Explicadles lo que significa darse al Señor: hacer exactamente lo que su Palabra indica, bajo el consejo de padres cristianos.
Después de trabajar fielmente, si estáis convencidos de que vuestros hijos comprenden el significado de la conversión y del bautismo, y de que están verdaderamente convertidos, sean bautizados. Pero, repito, ante todo preparaos vosotros mismos a fin de actuar como fieles pastores para guiar sus pies inexpertos por la senda estrecha de la obediencia. Dios debe obrar en los padres para que ellos puedan dar a sus hijos un buen ejemplo de amor, cortesía y humildad cristiana, y así, conseguir que efectúen una entrega completa del yo a Cristo. Si consentís en el bautismo de vuestros hijos y luego los dejáis hacer lo que ellos quieran, no sintiendo el deber especial de mantener sus pies en la senda recta, vosotros mismos sois responsables si pierden la fe, el valor y el interés en la verdad.
La obra del pastor. Los candidatos adultos deben comprender mejor su deber que los jóvenes; pero el pastor de la iglesia tiene un deber que cumplir hacia estas almas. ¿Siguen ellos malas costumbres y prácticas? Es deber del pastor tener reuniones especiales con ellos. Déles estudios bíblicos, converse y ore con ellos, y muéstreles claramente lo que el Señor requiere de ellos. Léales la enseñanza de la Biblia acerca de la conversión. Muéstreles cuál es el fruto de la conversión, la evidencia de que aman a Dios. Muéstreles que la verdadera conversión es un cambio de corazón, de pensamientos, y propósitos. Han de renunciar a las malas costumbres. Han de desechar los pecados de la malicia, los celos y la desobediencia. Deben sostener una guerra contra toda característica mala. Entonces el que cree puede aceptar inteligentemente la promesa: “Pedid, y se os dará”. Mateo 7:7. Google serves cookies to analyse traffic to this site. Information about your use of our
Testimonios para la Iglesia, Tomo 6
Escritos de Elena G. de White LibrosTestimonios para la Iglesia, Tomo 6.
29/08/2020
Feliz sábado!
29/08/2020
"El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo; sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía." Apoc. 22: 11.
Todos los que quieran conservar sus nombres en el libro de la vida, deberían ahora, en los pocos días que restan de su vida, afligir sus almas ante Dios con dolor por el pecado y con verdadero arrepentimiento. Debe realizarse un escudriñamiento profundo y fiel del corazón. La liviandad y el espíritu frívolo a los cuales se entregan tantos profesos cristianos deberían desecharse. A todos los que quieran subyugar las malas tendencias que pugnan por obtener la supremacía, les aguarda una ruda lucha. La obra de preparación es una tarea individual. No nos salvamos en grupos. La pureza y la devoción de uno no suplirá el deseo que tenga otro por adquirir esas cualidades . . . Cada uno debe ser probado, y encontrarse sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante.
Solemnes son las escenas relacionadas con la obra final de la expiación. Los intereses implicados en ella son trascendentales. Ahora se está efectuando el juicio en el santuario celestial . . . Nuestras vidas serán pasadas en revista ante la terrible presencia de Dios . . .
Cuando concluya la obra del juicio investigador, el destino de todos habrá sido decidido para vida o para muerte. El tiempo de prueba finalizará un corto tiempo antes de que aparezca el Señor en las nubes de los cielos . . . Gravísima es la condición de aquellos que, cansándose cada vez más de su vigilancia, se vuelven a los intereses del mundo. Mientras el hombre de negocios esté absorbido en la búsqueda de ganancias, mientras el amador de placeres procure complacerse, mientras la seguidora de la moda esté disponiendo sus adornos, el juez de toda la tierra pronunciará tal vez en esa misma hora la sentencia: "Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto".-RH 9-11-1905. EL FIN DEL TIEMPO DE PRUEBA - HIJOS E HIJAS DE DIOS.
29/08/2020
28/08/2020
La profecía que parecía revelar con mayor claridad el tiempo del segundo advenimiento, era la de Daniel 8: 14: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el Santuario" (VM). Siguiendo la regla que se había impuesto, de dejar que las Sagradas Escrituras se interpretaran a sí mismas, Miller llegó a saber que un día en 62 la profecía simbólica representa un año (Núm. 14: 34; Eze. 4: 6); vio que el período de los 2.300 días proféticos, o años literales, se extendía mucho más allá del fin de la era judaica, y que por consiguiente no podía referirse al santuario de aquella economía. Miller aceptaba la creencia general de que durante la era cristiana la tierra es el santuario, y dedujo por consiguiente que la purificación del santuario predicha en Daniel 8: 14 representaba la purificación de la tierra por fuego en el segundo advenimiento de Cristo. Llegó, pues, a la conclusión de que si podía encontrar el punto de partida de los 2.300 días, sería fácil fijar el tiempo del segundo advenimiento. . . (Id., pág. 76.)
Miller siguió escudriñando las profecías con más empeño y fervor que nunca, dedicando noches y días enteros al estudio de lo que resultaba entonces de tan inmensa importancia y absorbente interés. En el capítulo octavo de Daniel no pudo encontrar una pauta para descubrir el punto de partida de los 2.300 días. Aunque se le mandó que hiciera entender la visión a Daniel, el ángel Gabriel sólo le dio a éste una explicación parcial. Cuando el profeta vio las terribles persecuciones que sobrevendrían a la iglesia, desfallecieron sus fuerzas físicas. No pudo soportar más, y el ángel lo dejó por algún tiempo. Daniel quedó "sin fuerzas", y estuvo "enfermo algunos días". "Estaba asombrado de la visión -dice-; mas no hubo quien la explicase".
Y sin embargo Dios había ordenado a su mensajero: "Haz que éste entienda la visión". Esa orden debía ser ejecutada. En obediencia a ella, el ángel, poco tiempo después, volvió hacia Daniel, diciendo: "Ahora he salido para hacerte sabio de entendimiento"; "entiende pues la palabra, y alcanza inteligencia de la visión" (Dan. 8: 27, 16; 9: 22, 23, VM). Había un punto importante en la visión del capítulo octavo, que no había sido explicado, a saber, el que se refería al tiempo: el período de los 2.300 días; por consiguiente el ángel, al reanudar su explicación, se espació en la cuestión del tiempo: 63
"Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad. . . Sabe, pues y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, y no por sí . . . Y por otra semana confirmará el pacto a muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda" (Dan. 9: 24-27).
El ángel había sido enviado a Daniel con el objeto expreso de que le explicara el punto que no había logrado comprender en la visión del capítulo octavo, el dato relativo al tiempo: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario". Después de mandar a Daniel que "entienda" "la palabra" y que alcance inteligencia de "la visión", las primeras palabras del ángel son: "Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad". La palabra traducida aquí por "determinadas", significa literalmente "desglosadas". El ángel declara que setenta semanas, que representaban 490 años, debían ser desglosadas por corresponder especialmente a los judíos. Pero, ¿de dónde fueron desglosadas? Como los 2.300 días son el único período mencionado en el capítulo octavo, deben constituir el período del que fueron desglosadas las setenta semanas; éstas deben, por consiguiente, formar parte de los 2.300 días, y ambos períodos deben comenzar
juntos. El ángel declaró que las setenta semanas datan del momento cuando salió el edicto para reedificar Jerusalén. Si se puede encontrar la fecha de aquel edicto, queda fijado el punto de partida del gran período de los 2.300 días.
Ese decreto se encuentra en el capítulo séptimo de Esdras. (Vers. 12-26.) Fue promulgado en su forma más completa por Artajerjes, rey de Persia, en el año 457 AC. Pero en Esdras 6: 14 se dice que la casa del Señor fue edificada en Jerusalén "por mandamiento de Ciro, de Darío, y de Artajerjes rey de Persia". Estos tres reyes, al promulgar el decreto, confirmarlo y completarlo, lo pusieron en la condición 64 requerida por la profecía para que marcara el principio de los 2.300 años. Tomando el año 457 AC en el que se completó el decreto, como fecha de la orden, se comprobó que se había cumplido cada detalle de la profecía referente a las setenta semanas.
"Desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas" -es decir, sesenta y nueve semanas, o sea 483 años. El decreto de Artajerjes fue puesto en vigencia en el otoño del año 457 AC. Si partimos de esa fecha, los 483 años alcanzan al otoño del año 27 DC.* Entonces se cumplió esta profecía. La palabra "Mesías" significa "el Ungido". En el otoño del año 27 DC, Jesús fue bautizado por Juan y recibió la unción del Espíritu Santo. El apóstol Pedro testifica que "a Jesús de Nazaret. . . Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hech. 10: 38, VM). Y el mismo Salvador declara: "El Espíritu del Señor está sobre mí; por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres". Después de su bautismo, Jesús volvió a Galilea, "predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: Se ha cumplido el tiempo" (Luc. 4: 18; Mar. 1: 14, 15, VM).
"Y en otra semana confirmará el pacto a muchos". La semana de la cual se habla aquí es la última de las setenta. Son los siete últimos años del período concedido especialmente a los judíos. Durante ese plazo, que se extendió del año 27 al año 34 DC, Cristo, primero en persona y luego por intermedio de sus discípulos, presentó la invitación del Evangelio especialmente a los judíos. Cuando los apóstoles salieron para proclamar las buenas nuevas del reino, las 65 instrucciones del Salvador fueron: "Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis" (Mat. 10: 5, 6).
"A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda". En el año 31 DC, tres años y medio después de su bautismo, nuestro Señor fue crucificado. Con el gran sacrificio ofrecido en el Calvario, terminó aquel sistema de ofrendas que durante cuatro mil años había prefigurado al Cordero de Dios. El símbolo se encontró con la realidad, y todos los sacrificios y oblaciones del sistema ceremonial debían cesar.
Las setenta semanas ó 490 años concedidos a los judíos, terminaron, como lo vimos, en el año 34 DC. En dicha fecha, por decisión del Sanedrín judaico, la nación selló su rechazamiento del Evangelio con el martirio de Esteban y la persecución de los discípulos de Cristo. Entonces el mensaje de salvación, al no estar más reservado exclusivamente para el pueblo elegido, fue dado al mundo. Los discípulos, obligados por la persecución a huir de Jerusalén, "andaban por todas partes, predicando la Palabra". "Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les proclamó el Cristo". Pedro, guiado por Dios, dio a conocer el Evangelio al centurión de Cesarea, el piadoso Cornelio; el ardiente Pablo, ganado a la fe de Cristo, fue comisionado para llevar las alegres nuevas "lejos. . . a los gentiles" (Hech. 8: 4, 5; 22: 21, VM).
Hasta aquí cada uno de los detalles de las profecías se ha cumplido de una manera sorprendente, y el principio de las setenta semanas queda establecido irrefutablemente en el año 457 AC, y su fin en el año 34 DC. Partiendo de esta fecha no es difícil encontrar el término de los 2.300 días. Descontadas las setenta semanas -490 días- de los 2.300 días, quedan 1.810 días. Concluidos los 490 días, quedaban aún por cumplirse los 1.810 días. Si contamos desde el año 34 DC, los 1.810 años llegan al año 1844. Por consiguiente, los 2.300 días de Daniel 8: 14 terminaron en 1844. Al fin de ese gran período profético, según el testimonio del ángel de Dios, "el santuario" debía ser "purificado". De este modo la fecha 66 de la purificación del santuario -la cual se creía casi universalmente que se verificaría en ocasión del segundo advenimiento de Cristo- quedó definitivamente establecida.
Miller y sus colaboradores creyeron primero que los 2.300 días terminarían en la primavera de 1844, mientras que la profecía señala el otoño de ese mismo año. La mala interpretación de este punto fue causa de desengaño y perplejidad para los que habían fijado para la primavera de dicho año el momento de la venida del Señor. Pero no afectó en lo más mínimo la fuerza de la argumentación que demuestra que los 2.300 días terminaron en 1844 y que el gran acontecimiento representado por la purificación del santuario debía verificarse entonces. LA PROFECÍA DE DANIEL 8:14 - CRISTO EN SU SANTUARIO
28/08/2020
En vez de criticar y condenar a otros, decid: "Debo obrar mi propia salvación. Si coopero con Aquel que desea salvar mi alma, debo velar sobre mi mismo con diligencia. Debo desechar de mi vida todo mal. Debo vencer todo defecto. Debo llegar a ser una nueva criatura en Cristo. Luego, en vez de debilitar a aquellos que están luchando contra el mal, podré fortalecerlos con palabras animadoras." OE.
26/08/2020
Poco después que Daniel y sus compañeros entraron en el servicio del rey de Babilonia, acontecieron sucesos que revelaron a una nación idólatra el poder y la fidelidad del Dios de Israel. Nabucodonosor tuvo un sueño notable, "y perturbóse su espíritu, y su sueño se huyó de él." Pero aunque el ánimo del rey sufrió una impresión profunda, cuando despertó le resultó imposible recordar los detalles.
En su perplejidad, Nabucodonosor congregó a sus sabios, "magos, astrólogos, y encantadores," y solicitó su ayuda. Dijo: "He soñado un sueño, y mi espíritu se ha perturbado por saber el sueño." Y habiendo declarado su preocupación, les pidió que le revelasen lo que habría de aliviarla.
A esto los sabios respondieron: "Rey, para siempre vive: di el sueño a tus siervos, y mostraremos la declaración."
Desconforme con esta respuesta evasiva, y sospechando que, a pesar de sus aseveraciones jactanciosas de poder revelar los secretos de los hombres, no parecían dispuestos a ayudarle, el rey ordenó a sus sabios, con promesas de riquezas y honores por un lado y amenazas de muerte por el otro, que le diesen no sólo la interpretación del sueño, sino el sueño mismo. Dijo: "El negocio se me fue: si no me mostráis el sueño y su declaración, seréis hechos cuartos, y vuestras casas serán puestas por muladares. Y si mostrareis el sueño y su declaración, recibiréis de mí dones y mercedes y grande honra."
Aun así los sabios contestaron: "Diga el rey el sueño a sus siervos, y mostraremos su declaración." Airado ahora por la perfidia aparente de aquellos en quienes había confiado, Nabucodonosor declaró: "Yo conozco ciertamente que vosotros ponéis dilaciones porque veis que el negocio se me ha ido. Si no me mostráis el sueño, una sola sentencia será de vosotros. Ciertamente preparáis respuesta mentirosa y perversa que decir delante de mí, entre tanto que se muda el tiempo: por tanto, decidme el sueño, para que yo entienda que me podéis mostrar su declaración."
Amedrentados por las consecuencias de su fracaso, los magos procuraron demostrar al rey que su petición no era razonable y que la prueba exigida superaba a cualquiera que se hubiese requerido de hombre alguno. Dijeron: "No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el negocio del rey: demás de esto, ningún rey, príncipe, ni señor, preguntó cosa semejante a ningún mago, ni astrólogo, ni Caldeo. Finalmente, el negocio que el rey demanda, es singular, ni hay quien lo pueda declarar delante del rey, salvo los dioses cuya morada no es con la carne."
Entonces "el rey con ira y con grande enojo, mandó que matasen a todos los sabios de Babilonia."
Entre aquellos a quienes buscaban los oficiales que se aprestaban a cumplir lo ordenado por el decreto real, se contaban Daniel y sus amigos. Cuando se les dijo que de acuerdo con el decreto debían morir, "avisada y prudentemente" Daniel preguntó a Arioc, capitán de la guardia del rey: "¿Qué es la causa que este mandamiento se publica de parte del rey tan apresuradamente?" Arioc le explicó la perplejidad del rey acerca de su sueño notable, y cómo le había sido imposible obtener ayuda de aquellos en quienes había puesto hasta entonces la más plena confianza. Al oír esto, Daniel, arriesgando la vida, se atrevió a presentarse ante el rey y solicitó que se le concediera tiempo para rogar a su Dios que le revelase el sueño y su interpretación.
El rey accedió a esta petición. "Fuése luego Daniel a su casa, y declaró el negocio a Ananías, Misael, y Azarías, sus compañeros." Juntos pidieron sabiduría a la Fuente de luz y conocimiento. Conscientes de que Dios los había puesto donde estaban, y de que estaban haciendo su obra y cumpliendo las exigencias de su deber, manifestaron una fe poderosa. En momentos de perplejidad y peligro, siempre se habían dirigido al Señor para obtener dirección y protección; y él había sido su auxilio en toda ocasión. Ahora con corazón contrito, se sometieron de nuevo al Juez de la tierra, rogándole que los librase en este su tiempo de necesidad especial. Y no rogaron en vano. El Dios a quien habían honrado los honró a ellos. El Espíritu del Señor descansó sobre ellos, y a Daniel, "en visión de noche," fueron revelados el sueño del rey y su significado.
El primer acto de Daniel fue agradecer a Dios la revelación que le había dado. Exclamó: "Sea bendito el nombre de Dios de siglo hasta siglo: porque suya es la sabiduría y la fortaleza: y él es el que muda los tiempos y las oportunidades: quita reyes, y pone reyes: da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos: él revela lo profundo y lo escondido: conoce lo que está en tinieblas, y la luz mora con él. A ti, oh Dios de mis padres, confieso y te alabo, que me diste sabiduría y fortaleza, y ahora me enseñaste lo que te pedimos; pues nos has enseñado el negocio del rey."
Presentándose inmediatamente a Arioc, a quien el rey había ordenado que destruyese los sabios, Daniel dijo: "No mates a los sabios de Babilonia: llévame delante del rey, que yo mostraré al rey la declaración." Prestamente, el oficial llevó a Daniel a la presencia del rey diciendo: "Un varón de los trasportados de Judá he hallado, el cual declarará al rey la interpretación."
He aquí al cautivo judío, sereno y dueño de sí mismo, en presencia del monarca del más poderoso imperio del mundo. En sus primeras palabras, rehusa aceptar los honores para sí, y ensalza a Dios como la fuente de toda sabiduría. A la ansiosa pregunta del rey: "¿Podrás tú hacerme entender el sueño que vi, y su declaración?" contestó: "El misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos, ni adivinos lo pueden enseñar al rey. Mas hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer a cabo de días.
"Tu sueño declaró Daniel y las visiones de tu cabeza sobre tu cama, es esto: Tú, oh rey, en tu cama subieron tus pensamientos por saber lo que había de ser en lo por venir; y el que revela los misterios te mostró lo que ha de ser. Y a mí ha sido revelado este misterio, no por sabiduría que en mí haya más que en todos los vivientes, sino para que yo notifique al rey la declaración, y que entendieses los pensamientos de tu corazón.
"Tú, oh rey, veías, y he aquí una grande imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de esta imagen era de fino oro; sus pechos y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de metal; sus piernas de hierro; sus pies, en parte de hierro, y en parte de barro cocido.
"Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, la cual hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. Entonces fue también desmenuzado el hierro, el barro cocido, el metal, la plata y el oro, y se tornaron como tamo de las eras del verano; y levantólos el viento, y nunca más se les halló lugar. Mas la piedra que hirió a la imagen, fue hecha un gran monte," que hinchió toda la tierra.
"Este es el sueño," declaró confiadamente Daniel; y el rey, escuchando todo detalle con la más concentrada atención, reconoció que se trataba del mismo sueño que tanto le había perturbado. Su mente quedó así preparada para recibir favorablemente la interpretación. El Rey de reyes estaba por comunicar una gran verdad al monarca babilónico. Dios iba a revelarle que él ejerce el poder sobre los reinos del mundo, el poder de entronizar y de destronar a los reyes. La atención de Nabucodonosor fue despertada para que sintiera, si era posible, su responsabilidad para con el Cielo. Iban a serle presentados acontecimientos futuros, que llegaban hasta el mismo fin del tiempo. Daniel continuó diciendo: "Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, potencia, y fortaleza, y majestad. Y todo lo que habitan hijos de hombres, bestias del campo, y aves del cielo, él ha entregado en tu mano, y te ha hecho enseñorear sobre todo ello: tú eres aquella cabeza de oro.
"Y después de ti se levantará otro reino menor que tú; y otro tercer reino de metal, el cual se enseñoreará de toda la tierra.
"Y el reino cuarto será fuerte como hierro; y como el hierro desmenuza y doma todas las cosas, y como el hierro que quebranta todas estas cosas, desmenuzará y quebrantará.
"Y lo que viste de los pies y los dedos, en parte de barro cocido de alfarero, y en parte de hierro, el reino será dividido; mas habrá en él algo de fortaleza de hierro, según que viste el hierro mezclado con el tiesto de barro. Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro, y en parte de barro cocido, en parte será el reino fuerte, y en parte será frágil. Cuanto a aquello que viste, el hierro mezclado con tiesto de barro, mezclaránse con simiente humana, mas no se pegarán el uno con el otro, como el hierro no se mistura con el tiesto.
"Y en los días de estos reyes, levantará el Dios del cielo un reino que nunca jamás se corromperá: y no será dejado a otro pueblo este reino; el cual desmenuzará y consumirá todos estos reinos, y el permanecerá para siempre. De la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con manos, la cual desmenuzó al hierro, al metal, al tiesto, a la plata, y al oro; el gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir: y el sueño es verdadero, y fiel su declaración."
"El rey se quedó convencido de que la interpretación era verdad, y con humildad y reverencia, "cayó sobre su rostro, y humillóse," diciendo: "Ciertamente que el Dios vuestro es Dios de dioses, y el Señor de los reyes, y el descubridor de los misterios, pues pudiste revelar este arcano." "
"Nabucodonosor revocó el decreto que había dado para que " destruyeran a los magos. Salvaron la vida gracias a la relación de Daniel con el Revelador de los secretos. Y "el rey engrandeció a Daniel, y le dio muchos y grandes dones, y púsolo por gobernador de toda la provincia de Babilonia, y por príncipe de los gobernadores sobre todos los sabios de Babilonia. Y Daniel solicitó del rey, y él puso sobre los negocios de la provincia de Babilonia a Sadrach, Mesach, y Abed-nego: y Daniel estaba a la puerta del rey."
"En los anales de la historia humana, el desarrollo de las naciones, el nacimiento y la caída de los imperios, parecen depender de la voluntad y las proezas de los hombres; y en cierta medida los acontecimientos se dirían determinados por el poder, la ambición y los caprichos de ellos. Pero en la Palabra de Dios se descorre el velo, y encima, detrás y a través de todo el juego y contrajuego de los humanos intereses, poder y pasiones, contemplamos a los agentes del que es todo misericordioso, que cumplen silenciosa y pacientemente los designios y la voluntad de él."
"En palabras de incomparable belleza y ternura, el apóstol Pablo presentó u los sabios de Atenas el propósito que Dios había tenido en la creación y distribución de las razas y naciones. Declaró el apóstol: "El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, . . . de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen." (Hechos 17: 24-27.)
Dios indicó claramente que todo aquel que quiere, puede entrar "en vínculo de concierto." "(Eze. 20: 37.) Al crear la tierra, quería que fuese habitada por seres cuya existencia resultara de beneficio propio y mutuo, al mismo tiempo que honrara a su Creador. Todos los que quieran pueden identificarse con este propósito. Acerca de ellos se dice: "Este pueblo crié para mí; mis alabanzas publicará." (Isa. 43: 21.)
En su ley Dios dio a conocer los principios en que se basa toda verdadera prosperidad, tanto de las naciones como de los individuos. A los israelitas Moisés declaró acerca de esta ley: "Esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia." "Porque no os es cosa vana, mas es vuestra vida." (Deut. 4: 6; 32: 47.) Las bendiciones así aseguradas a Israel se prometen, bajo las mismas condiciones y en el mismo grado, a toda nación y a todo individuo debajo de los anchos cielos.
Centenares de años antes que ciertas naciones subiesen al escenario, el Omnisciente miró a través de los siglos y predijo el nacimiento y la caída de los reinos universales. Dios declaró a Nabucodonosor que el reino de Babilonia caería, y que se levantaría un segundo reino, el cual tendría también su período de prueba. Al no ensalzar al Dios verdadero, su gloria iba a marchitarse y un tercer reino ocuparía su lugar. Este también pasaría; y un cuarto reino, fuerte como el hierro, iba a subyugar las naciones del mundo.
Si los gobernantes de Babilonia, el más rico de todos los reinos terrenales, hubiesen cultivado siempre el temor de Jehová, se les habría dado una sabiduría y un poder que los habrían unido a él y mantenido fuertes. Pero sólo hicieron de Dios su refugio cuando estaban perplejos y acosados. En tales ocasiones, al no hallar ayuda en sus grandes hombres, la buscaban en hombres como Daniel, hombres acerca de quienes sabían que honraban al Dios viviente y eran honrados por él. A los tales pedían que les revelasen los misterios de la Providencia; porque aunque los gobernantes de la orgullosa Babilonia eran hombres del más alto intelecto, se habían separado tanto de Dios por la transgresión que no podían comprender las revelaciones ni las advertencias que se les daba acerca del futuro.
En la historia de las naciones el que estudia la Palabra de Dios puede contemplar el cumplimiento literal de la profecía divina. Babilonia, al fin quebrantada, desapareció porque, en tiempos de prosperidad, sus gobernantes se habían considerado independientes de Dios y habían atribuido la gloria de su reino a las hazañas humanas. El reino medo-persa fue objeto de la ira del Cielo porque en él se pisoteaba la ley de Dios. El temor de Jehová no tenía cabida en los corazones de la vasta mayoría del pueblo. Prevalecían la impiedad, la blasfemia y la corrupción. Los reinos que siguieron fueron aun más viles y corruptos; y se fueron hundiendo cada vez más en su falta de valor moral.
El poder ejercido por todo gobernante de la tierra es impartido del Cielo; y del uso que hace de este poder el tal gobernante, depende su éxito. A cada uno de ellos se dirigen estas palabras del Vigía divino: "Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste." "(Isa. 45: 5.) Y para cada uno constituyen la lección de la vida las palabras dirigidas a Nabucodonosor: "Redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades con misericordias para con los pobres; que tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad." (Dan. 4: 27.)
Comprender estas cosas, comprender que "la justicia engrandece la nación;" que "con justicia será afirmado el trono" y que éste se sustenta "con clemencia," reconocer el desarrollo de estos principios en la manifestación del poder de aquel que "quita reyes, y pone reyes," es comprender la filosofía de la historia. (Prov. 14: 34; 16: 12; 20: 28; Dan. 2: 21.)
Esto se presenta claramente tan sólo en la Palabra de Dios. En ella se revela que la fuerza tanto de las naciones como de los individuos no se halla en las oportunidades o los recursos que parecen hacerlos invencibles; no se halla en su jactanciosa grandeza. Se mide por la fidelidad con que cumplen el propósito de Dios. CAP. 40 EL SUEÑO DE NABUCODONOSOR - LA HISTORIA DE PROFETAS Y REYES.
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