Emmanuel Meraz Conferencista
Te acompaño a iluminar tu historia 💡 aun en la oscuridad 💡 a través de la palabra, la risa, la narrativa y la espiritualidad.
El 19 de septiembre es un día importante para nuestro país. Hoy quiero compartir contigo este “homenaje” que escribí hace muchos, muchos años, sin saber que en 2017 la fecha volvería a tener un significado de dolor y, al mismo tiempo, de amor y apoyo. Este cuento aparece en mi libro “Una mirada fantástica”.
Tal Vez Ayer
Jamás pensé que un 19 de septiembre traería montones de recuerdos cayendo sobre mí. La Ciudad de México es un lugar donde millones de historias y energías se unen para hacer realidad sueños, pesadillas y fantasías. Paseo de la Reforma, Periférico Sur, un taxi o cualquier hotel son sitios únicos donde montones de novelas y cuentos pueden dar inicio. Mi historia sucedió en un hotel, de esos que alguna vez fueron elegantes y que, en estos días, son sólo un recuerdo del alojamiento de calidad de hace más de veinte años.
—¡Felicidades, Emmanuel! —dijo una voz tras de mí. Me giré y pude advertir la alegría en mi padre, quien me había acompañado a la capital del país en aquella ocasión. Esa tarde había sido mi primera presentación como conferencista en el Distrito Federal, en un auditorio importante.
—¡Gracias! —dije con entusiasmo, y anduve directo hasta la recepción del hotel.
Parecía que se celebraba una reunión en el salón de fiestas del lugar, puesto que decenas de personas caminaban de un lado a otro, haciendo sonar sus tacones al golpear contra el frío suelo. Me sentí como debe sentirse un viajero que por error llega a una playa nudista. Sin embargo, seguí sentado en el lobby, pensando en el éxito obtenido durante la tarde y notando cómo mi padre saludaba algunos amigos. “Hasta en el hotel conoce gente”, pensé, y no pude evitar sonreír. Los nervios que se habían apoderado de mí desde que emprendí aquel viaje estaban desapareciendo; en su lugar, la nostalgia me hacía extrañar a los que había dejado a casi mil kilómetros de distancia. No había problema, al día siguiente estaría junto a ellos.
—Hola —escuché una voz junto a mí. Me impresioné al notar que una chica estaba sentada en el mismo sillón que yo.
—Hola —dije sonriendo, y de inmediato extendí mi mano para saludar adecuadamente. Debía ser una de las invitadas de la fiesta, pues llevaba un vestido; su voz me pareció atractiva, aunque me era imposible saber si la chica en realidad lo era.
—¿Vienes a la fiesta? —preguntó, quizá por el traje gris oscuro que portaba; estrechó mi mano y me devolvió la sonrisa. Su piel, aunque helada, era suave y el perfume que desprendía no hacía más que realzar su belleza.
—Ehm… no, soy huésped del hotel. —Y comencé a contar un poco de mi vida, como si aquella chica hubiera participado en ella desde tiempo atrás.
Seguí hablando con la muchacha desconocida, a quien después pude llamar Carolina Castillo. Salimos al jardín del hotel para continuar con la plática; mi piel se erizó a causa de la temperatura, que descendía cada vez más. Aún con el frío zahiriendo mi rostro, el cansancio y la necesidad de dormir que me aquejaban después de cada conferencia habían desaparecido de mi cuerpo. Tras unos minutos, Carolina se giró, como buscando algo, y noté que dos chicas caminaban hacia nosotros.
—Son mis amigas, Carmorel y Cynthia —dijo Carolina, leyendo la pregunta que todavía no formulaba.
—Car… ¿qué? —dije, distraído por la voz de Carolina; no entendía la razón, pero el escucharla me trasladaba a algún espacio lejano.
—Carmorel —anunció una de las chicas, la más alta, mientras corría para saludar. Los cuatro comenzamos una charla de la que no quería alejarme; por un momento había olvidado dónde me encontraba, quién me acompañaba en ese viaje e incluso mi trabajo. Casi durante una hora hablé con tres desconocidas que, poco a poco, formaban parte de mi grupo de amigos.
—Vamos para adentro —Dijeron Cynthia y Carmorel. Me quedé junto a Carolina. A ella pareció no importarle que tomara su brazo con mi mano fría y rozara su cabello al hacerlo.
—No eres muy alta, ¿verdad? —dije, riendo mientras notaba que sus labios dibujaban alegría.
—¡De lo bueno, poco! —respondió con orgullo, y caminamos tras las chicas que ya se habían adelantado.
Mis pensamientos viajaban cada vez más lejos, mientras que Cynthia y Carmorel nos esperaban en el lobby; casi tropiezo con una de ellas, pero de inmediato logré acomodarme en el asiento. De pronto recordé a mi padre, y lo escuché a lo lejos, todavía platicando con un hombre. Carmorel y Carolina hablaban más que Cynthia, quien se mantenía mirándome en silencio, como si fuese parte de otro mundo. Pasamos algunos minutos en aquel lugar, que se fueron como agua; después, sucedió algo que no esperé: Carolina se levantó y se colocó justo a mi lado. Tomó mi mano con suavidad y, casi sin pensarlo, me levanté para seguirla, a donde fuera que me llevaba.
Cualquiera que nos hubiera visto habría pensado que la muchacha de baja estatura y yo nos dirigíamos al restaurante del hotel, donde mi padre seguía conversando. Sin embargo, Carolina giró antes de llegar a la entrada del comedor y caminó, conmigo tras ella, por un pasillo largo, al que cada vez se filtraba menos luz.
Una nube de polvo se volvía más densa con cada paso, y mi corazón se agitaba cada vez más. Sin embargo, mi mente viajaba de vuelta a mi hogar, donde familiares, amigos y novia me esperaban. Pensé en la promesa que yo mismo me había hecho algunos años atrás y, de inmediato, me dije que nada pasaría con la muchacha que acababa de conocer.
Entramos a una habitación que, para mi alivio, mostraba iluminación. Escuché algunas personas en aquel lugar; unos eran meseros del restaurante, otros encargados de limpieza. Deduje que nos encontrábamos en un lugar exclusivo de empleados. Uno de los hombres parecía estar recibiendo felicitaciones, como si aquel día se festejara su cumpleaños. Cuando pasamos junto a él, el festejado tocó mi hombro, como dándome ánimo para seguir hasta donde la atractiva joven me llevara.
Carolina había estado en silencio desde el momento en el que había tomado mi mano. De pronto nos encontramos frente a una puerta de madera que, sin dudar, la chica abrió. Descubrí que se trataba de una alacena de servicio, puesto que en su interior encontramos útiles de limpieza y uniformes del hotel. Carolina cerró la puerta y quedamos a oscuras.
—Emmanuel —dijo, y su voz sonó tan dulce que mi piel se erizó. De inmediato pensé en mi novia, pero no pude evitar sentir la suave piel de la muchacha, adherida a mi mejilla. Logré acariciar su cabello, que caía delicadamente sobre sus hombros. Sentí cómo se abrazaba a mi cuerpo, con su rostro contra mi pecho como si necesitara protección. Aquel gesto me conmovió más de lo que yo mismo esperaba, y no pude evitar soltar una lágrima, que se perdió entre las sombras.
La chica alzó su mirada, buscando mis labios con los suyos. En aquel instante algo en mí reaccionó; solté mis brazos de su espalda y retrocedí, intentando controlar mi respiración.
—No puedo —aseguré, más para mí que para la chica que me contemplaba con asombro. En ella no había rencor; simplemente parecía tan sorprendida como yo por aquella escena.— No puedo. —Y coloqué mis manos sobre sus mejillas.
—Entiendo. —La soledad cruzó por su voz– Debimos llegar antes, tal vez ayer… —suspiró, y me incliné para besar su frente. Antes de tocar su piel, sentí cómo el mundo comenzaba a moverse, como si tiempo y espacio no cupieran en un mismo sitio… como si dos o tres lunas agitaran los mares. Al instante siguiente mis manos aferraban el aire y mi corazón latía con fuerza. Aún podía sentir la suavidad del cabello de Carolina, pero su cuerpo se había perdido entre los pliegues de la noche, dejándome como único recuerdo su incomparable aroma.
Salí de la pequeña alacena, perdido en el silencio. No me topé con empleados, ni con el hombre que había sido mi cómplice cuando la muchacha me llevaba de la mano. Anduve a tientas por el brumoso pasillo, hasta llegar de vuelta al vestíbulo. En aquel lugar no había rastro de Carolina, Cynthia o Carmorel; en su lugar me encontré con mi padre, que recién terminaba la conversación con su amigo. Caminamos en silencio hasta la habitación y, con dificultad, logré internarme en el mundo de los sueños.
Desperté para tomar un avión de vuelta a mi hogar. El aeropuerto de la Ciudad de México me parecía helado a aquella hora de la mañana, pero había más frío dentro de mí, al recordar la noche anterior. Aterrizamos casi dos horas después y, con alivio, agradecí por haber regresado con éxito. Jamás pude olvidar lo sucedido en el hotel del Distrito Federal, pero no conté a nadie sobre Carolina Castillo. Exactamente un año después, el 19 de septiembre, el destino me volvió a llevar hasta la capital del país. Recordé entonces aquel lejano 1985 y una bomba cayó en mi corazón enfriándolo al pensar que, al decir “Debimos llegar antes, tal vez ayer…”, Carolina hablaba de la forma en que nuestras vidas, y las de muchos mexicanos, se habían extinguido. Tal vez ayer podré olvidarla, pero sé que durante eternidades recordaré aquel aroma, la voz más dulce y los brazos más tiernos del mundo.
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¡¡Después de un muuuuy buen rato, he vuelto a las andadas con mi blog!!
Créeme que me siento excelente de volver a hacerlo. Extrañaba sentarme frente a una idea y empezar a darle forma, jugar con las palabras, cambiar una frase, borrar otra y ver cómo acaba apareciendo el texto que tenía en la cabeza.
Escribir siempre ha sido una de las cosas que más disfruto, así que volver a La otra visión le da un poco de sentido a mi día a día.
En esta ocasión escribí sobre algo que nos pasa más de lo que creemos: el peligro de querer hacer todo bien.
Te invito a leerlo y, de paso, a darte una vuelta por mi página web, porque la cambié por completo y ahora también puedes encontrar mis libros, conferencias, proyectos y, por supuesto, La otra visión.
Aquí puedes leer el artículo:
👉 https://aemeraz.com/2026/09/07/la-otra-vision-ver/
¡Sigue leyendo!
La otra visión: El peligro dequerer hacer todo bien. – Emmanuel Meraz Hace unos días me preguntaron si había “escuchado” una película. Esa persona, estoy seguro, no me lo dijo con ganas de hacer notar alguna diferencia. Todo lo contrario: estaba tratando de ser cuidadoso porque sabe que soy ciego.
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