Psicólogo Ricardo Rovirosa
• Lic. Psicología 🧠
• Mtro. Psicoterapia Humanista 👨🏽🏫
• Deportista ⚽🏀🏐🥋🏃🏽♂️🚴🏽♂️
Al terminar el día, no te quedes únicamente con lo que faltó, con lo que salió mal o con aquello que todavía no has logrado. Haz espacio también para agradecer: por lo que pudiste hacer, por las personas que estuvieron, por lo que aprendiste y hasta por esos pequeños momentos que quizá pasaron desapercibidos. No todos los días tienen que ser extraordinarios para tener algo valioso. Agradece lo vivido, suelta por unas horas lo pendiente y descansa con la tranquilidad de saber que mañana tendrás una nueva oportunidad para continuar.
Termina el día agradeciendo. Por lo que lograste, por lo que aprendiste, por las personas que sumaron, por los pequeños momentos que te hicieron bien y hasta por aquello que no salió como esperabas, pero te dejó algo. Quizá hoy no fue perfecto, pero llegaste hasta aquí, y eso también merece reconocerse. Quédate con lo bueno, agradece lo vivido y descansa tranquilo: mañana comienza una nueva oportunidad para seguir construyendo cosas bonitas.
Equivocarte no significa que hayas fracasado. Significa que tomaste una decisión con lo que sabías, sentías o podías comprender en ese momento. A veces acertamos y otras veces descubrimos, después, que había una mejor manera de hacerlo. Y no pasa nada.
No todo error necesita convertirse en culpa, vergüenza o castigo. Hay equivocaciones que simplemente necesitan ser reconocidas, reparadas cuando sea posible y utilizadas para aprender. Exigirnos no fallar nunca es pedirnos algo incompatible con ser humanos.
Madurar también es poder decir: “Sí, me equivoqué. Puedo asumirlo, aprender de ello y seguir adelante.” Porque un error puede hablar de una decisión que salió mal, pero no define todo lo que somos.
Equivocarse es parte del camino; quedarse castigándose por ello no tiene que serlo.
Hay algo curioso en esto de “farmear aura”, mientras muchos jóvenes se reúnen en parques y plazas para hacer poses, competir, reírse y pasar un buen rato, algunos adultos los observan con burla, desagrado o incluso desprecio. Y vale la pena preguntarnos: ¿por qué nos incomoda tanto ver a otros disfrutar de algo que nosotros no entendemos?
No todo lo que hacen las nuevas generaciones tiene que parecernos interesante, maduro o siquiera tener sentido para nosotros. Cada generación ha tenido sus propias formas de jugar, convivir y pertenecer. Hoy puede llamarse “farmear aura”; antes tuvo otros nombres. Lo importante es que, mientras no dañen a nadie, están haciendo algo que muchas veces decimos extrañar: salir de casa, encontrarse cara a cara, ocupar los espacios públicos, reírse y conectar con otros.
Desde la psicología, el rechazo excesivo también puede invitarnos a mirar hacia dentro. A veces aquello que criticamos con demasiada intensidad toca algo propio: rigidez, incomodidad frente a lo diferente, dificultad para permitirnos hacer el ridículo, necesidad de sentirnos superiores o incluso una relación complicada con nuestra propia espontaneidad. No significa que toda persona que critique esté “proyectando” necesariamente, pero cuando algo inocente nos provoca una reacción desproporcionada, quizá convenga preguntarnos por qué nos afecta tanto.
Crecer no debería significar convertirnos en jueces de la alegría ajena. Tal vez no entendamos sus poses, sus palabras ni sus tendencias, y está bien. No necesitamos entender la manera en que alguien se divierte para respetar su derecho a hacerlo.
Y quizá haya algo que aprender de esos jóvenes que están haciendo el ridículo sin demasiado miedo a parecer ridículos: mientras unos están ocupados burlándose desde una pantalla, ellos están afuera, riéndose juntos y creando recuerdos.
Hay preocupaciones que necesitan nuestra atención, pero hay otras que simplemente han aprendido a ocupar demasiado espacio en nuestra mente.
Preocuparnos puede hacernos sentir que estamos haciendo algo frente a un problema, cuando muchas veces solo estamos repitiendo mentalmente escenarios que todavía no han ocurrido. Pensamos qué podría salir mal, imaginamos conversaciones, anticipamos consecuencias y buscamos respuestas para situaciones que quizá nunca lleguen. Y mientras intentamos resolver el futuro desde nuestra cabeza, dejamos de estar presentes en lo que sí está ocurriendo.
No se trata de ignorar los problemas ni de pensar positivamente a la fuerza. Se trata de aprender a preguntarnos: ¿esto necesita una acción de mi parte o solamente está consumiendo mi energía? Si podemos hacer algo, hagámoslo paso a paso. Si hoy no está en nuestras manos resolverlo, tendremos que aprender a dejarlo pendiente sin convertirlo en el centro de nuestro día.
Porque madurar emocionalmente también implica comprender que no todo pensamiento merece nuestra atención, no toda preocupación necesita una solución inmediata y no todo lo que podría pasar merece robarnos la tranquilidad de lo que está pasando ahora.
No todas las relaciones terminan porque dejamos de querer.
Algunas cambian porque querer dejó de ser suficiente para resolver aquello que estaba ocurriendo.
Podemos sentir cariño por alguien y reconocer dificultades importantes en la comunicación.
Podemos amar y tener proyectos incompatibles.
Podemos extrañar y decidir no regresar.
Podemos querer permanecer y, al mismo tiempo, comprender que la manera en la que nos estamos relacionando necesita cambiar.
Las emociones humanas rara vez son tan sencillas como “si me quiere, se queda” o “si se fue, nunca me quiso”.
Las relaciones son mucho más complejas.
Por eso madurar afectivamente también implica aprender a sostener dos verdades al mismo tiempo:
que algo haya sido importante no significa que tenga que durar para siempre;
y que algo haya terminado no significa que todo lo vivido haya sido falso.
Siempre que puedas llevar paz a la vida de alguien, hazlo. Ya hay demasiado caos en la vida de los demás. Ya hay demasiada gente lastimando y haciendo daño. Siempre que tengas la oportunidad de ser amable, hacer el bien, ayudar, escuchar, hacer reír, no lo dudes y hazlo.
Algunas personas se volvieron tan buenas resolviendo problemas que los demás dejaron de preguntarles si necesitaban ayuda.
Son quienes organizan, escuchan, acompañan, trabajan, cuidan y continúan.
Y como casi siempre pueden, poco a poco aparece una expectativa silenciosa: que puedan con todo.
A veces incluso ellas mismas terminan creyéndolo.
Por eso pedir ayuda puede resultarles incómodo. Descansar les produce culpa. Decir que algo les está costando se siente casi como reconocer una debilidad.
Pero la fortaleza no consiste en convertirnos en personas que nunca necesitan a nadie.
Ser emocionalmente fuertes también implica reconocer nuestros límites, aceptar nuestra vulnerabilidad y permitir que otras personas nos acompañen.
Quizá no siempre necesitemos preguntarle a alguien:
"¿Puedes con esto?"
A veces sería mejor preguntar:
"Sé que puedes, pero ¿tienes que hacerlo solo?"
20/08/2026
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20/08/2026
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