Manu Montero
Mallorca
A veces doy pases en @revistapanenka, @futbolmallorca y @lacitapirlista.
22/02/2026
Gianni Brera, uno de los mejores periodistas deportivos de la historia, rechazaba la comparación fácil entre el Carnaval de Río de Janeiro y su querida Nápoles: “Allí el exceso es tradición; aquí se celebra un acontecimiento que honra a la ciudad, al espíritu que la mueve y a la cultura que la distingue”.
Hace poco menos de un año tuvimos la suerte de aterrizar en la ciudad partenopea el mismo día en que el Nápoles conquistaba el cuarto scudetto de su historia. El partido aún no había terminado, pero los napolitanos ya ganaban 2-0 y la ciudad bailaba como si fuera el último día de sus vidas. En el aeropuerto reinaba una sensación que no habíamos vivido nunca: gente corriendo feliz y sin sentido, abrazando a desconocidos y hablando por teléfono con la ilusión de un niño que completa un álbum de cromos. Pensé entonces que en Nápoles la gente sabe ser feliz con poco, tal vez porque no existe otra manera certera de serlo.
Conseguir un taxi resultó imposible. La parada estaba desbordada y los pocos coches disponibles desaparecían al instante o pedían precios desorbitados, aprovechando su picaresca italiana sin saber que eso no funciona con los españoles. Tras varios intentos inútiles entendimos que no había negociación posible y que la única forma de llegar a la fiesta era empezar a caminar (1 h y 42 min). Echamos a patear hacia el centro acompañados por un ruido creciente de cláxones, gritos y fuegos artificiales lejanos, con la convicción de que algo irrepetible estaba ocurriendo en el corazón de la ciudad.
Y fue entonces cuando conocimos la verdadera Nápoles. Por calles cada vez más estrechas empezaron a pasar motos con tres y cuatro personas, familias enteras asomadas a los balcones, bengalas encendidas que teñían el aire de humo azul, desconocidos abrazándose en mitad de la calle y gente llorando de felicidad sin preocuparse de quién la mirara. La celebración no estaba en un punto concreto: estaba en todas partes. Con el pitido final, las calles se convirtieron en una fiesta con miles de anfitriones y comprendí de verdad las palabras de Brera y aquella vieja frase de Goethe: “Ve Nápoles y luego muere”.
26/12/2025
Existen varias teorías en el aire sobre cómo empezó la tradición navideña del «Boxing Day», y lejos de ser un problema para mí, todo es más sencillo porque me voy a quedar con la que más me gusta. La mayoría conocemos este día por la famosa jornada de la Premier League, pero esta costumbre va mucho más allá del fútbol: habla de nosotros.
Transcurría la segunda mitad del siglo XIX, cuando el 26 de diciembre pasó de ser simplemente el día después de Navidad a una tradición que transformó la Inglaterra más industrial. En un país donde los ciudadanos vivían para trabajar, la magia de estas fechas se impuso con una ley no escrita.
La rutina de los currantes ingleses se transformaba por completo. El día después de Navidad, fábricas y talleres permanecían cerrados, algo impensable en aquella época. Entonces, la clase adinerada recorría los lugares de trabajo para entregar las «Christmas boxes» a criados, repartidores y trabajadores domésticos. No eran regalos ostentosos, sino cajas con algo de dinero, comida o detalles sencillos: un reconocimiento tangible al esfuerzo de todo un año y una manera de devolver, aunque fuera con poco, lo que la rutina diaria les había exigido.
Con el paso de los años, la tradición se fue adaptando, y no tardó en encontrar su lugar en el caprichoso fútbol. No fue hasta 1880 cuando se jugó el primer partido un 26 de diciembre: Preston North – West Bromwich, casi nada. Esto dio inicio a lo que hoy conocemos como la jornada de Boxing Day en la . Desde entonces, mientras otras ligas aún se comen los turrones, Inglaterra se detiene durante un día para mezclar regalos, familia y fútbol.
Por toda esta parrafada, respeto cualquier tipo de opinión sobre la Navidad. Para algunos es la mejor época del año, mientras que otros la viven desde el lado más triste de la nostalgia. Valoro mucho la primera y entiendo la segunda, porque cuando la vida decide mover las sillas de sitio, sabemos que ninguna Navidad vuelve a ser igual que la anterior. Aun así, estas fechas siguen teniendo la capacidad de sacar el lado bueno de nosotros, como ocurrió con el Boxing Day, y eso es algo que nunca deberíamos dejar pasar.
21/12/2025
No envidio a la gente que sabe cómo empezar un texto. Envidio a quienes saben arreglar un grifo, cambiar el motor de un coche o hacer una tarta de queso cremosa por dentro. No envidio a la gente con muchos amigos. Envidio a las familias que no les falta nadie en la mesa por Navidad. No envidio a la gente que no le gusta el roscón de trufa, ni mucho menos a los que le echan kétchup a la pasta. Envidio a quienes viven sin prisa. No envidio a la gente con secadora. Envidio a aquellas personas que tienden la ropa fuera. No envidio a quienes disfrutan hablando en público. Envidio mucho a la gente callada. Envidio a quienes saben escuchar. Envidio a la gente que sabe hablar portugués. Envidio a quienes saben escribir sin decir tonterías. No envidio a ese tipo de gente horrible que le gusta comer dátiles. Envidio a quienes les queda bien la boina. Envidio a los periodistas que alguna vez han citado en uno de sus artículos un estudio de la Universidad de Massachusetts. Envidio a la gente que no tiene que mirar seis veces si ha cerrado el coche. Envidio a la gente que sabe cómo acabar un texto. No me gusta la envidia ni envidiar. Envidio a la gente de Oporto.
11/10/2025
Los martes. Los cuernos. Un jersey a rayas. En :
El martes pasado me dieron una noticia horrible. Un martes. Una noticia horrible. Seguramente, el peor día para que te den una noticia horrible sea un martes. Suelo reservar ese día para darme mis lujos: desayuno tostadas con aguacate y un huevo poché, salgo seis minutos antes para cruzarme con el señor que siempre me da los buenos días y, después del curro, reservo la tarde para estar tranquilo y ver en bucle highlights de Ruud Van Nistelrooy en el Teatro de los Sueños. Pero ese martes iba a ser diferente.
Todo iba más o menos bien hasta que escuché un ruido extraño en el coche. Con veintiún años de rutas interminables, cualquier tipo de sonido oxidado es habitual, como un crujido de huesos o las canas en una persona mayor. No dudé en visitar a Enrique, amigo y mecánico de confianza. Me comentó que tenía que cambiar la junta homocinética, y fingí entenderlo con la misma seriedad con la que fingí saber escribir por primera vez el nombre del jugador georgiano Khvicha Kvaratskhelia. El coche se tenía que quedar un par de días confinado en el taller. Todo según lo previsto, siendo martes.
Tocaba coger el bus. Hace unos años, ir en transporte público era el mejor momento del día. Mi primer movimiento consistía en no sentarme bajo ningún concepto. Si te sientas, te expones a que llegue un veterano y tengas que cederle el asiento por respeto. De primeras no parece nada malo, pero esa acción siempre es sinónimo de ovación de toda la grada. En el bus nunca hay que llamar la atención.
Aquel martes no iba a ser diferente. Me quedé de pie en la zona media del bus, donde se ve el juego de verdad, y empecé a imaginarme cómo sería la vida de la gente de mi alrededor. El hombre del fondo con jersey a rayas era profesor de castellano, pero su sueño siempre había sido convertirse en jefe de prensa del Valladolid; la mujer de enfrente acababa de ponerle los cuernos a su marido; y la pareja que estaba a mi lado llevaba tres años siendo un equipo consolidado, con una conexión como la de Luis Fabiano y Kanouté: transmitían armonía, se hablaban con intimidad, estaban pendientes en todo momento el uno del otro. +++
20/04/2025
Qué importante es darle su lugar a lo cotidiano. Limpiar los platos, darle un beso a la persona que quieres, montar un mueble para el baño, saludar a la vecina del segundo o simplemente tumbarte en la cama y empezar a imaginar escenarios totalmente ficticios. Quiero pensar que esto último nos pasa a todos. En mi caso, son pensamientos que aparecen con frecuencia, justo cuando la cabeza roza la almohada.
Ayer tuve una de esas noches. En cuestión de minutos, había conseguido debutar con el Nottingham Forest en un partido de fase previa de la FA Cup. Además, marcaba de rebote ante un equipo de tercera inglesa. El Blackpool, si no recuerdo mal. Fue un gol feo, casi accidental, pero mío. Cogí el balón rápido porque íbamos perdiendo. Ahí me di cuenta de que tal vez estaba soñando más de la cuenta, porque no me puede gustar más ese subidón de marcar y coger el balón rápido de la portería para intentar remontar. Al final, el colegiado pitó y acabamos eliminados. Fallé un par de ocasiones claras. Una parte de la afición me animaba y la otra pedía mi suplencia para el próximo encuentro. Y ahí acabó todo, supongo que no volveré a jugar en lo que resta de temporada.
De Inglaterra pasé a estar de vacaciones en Brasil, más tarde en Chile, y acababa mi ruta comiéndome un asado en Argentina. Esto último fue más realista que mi paso por Nottingham, así que lo consideré un objetivo más que una imaginación. Visitar las playas de Río de Janeiro, hacer la ruta del fin del mundo en tierras chilenas y comer mollejas en la previa de un Boca-Newell’s debe ser lo más parecido al cielo que existe.
Como es habitual, al final de la noche, la realidad volvió a vencer por goleada a mi imaginación. Abrí los ojos, y el partido de la FA Cup, las playas cariocas y el asado en Argentina, desaparecieron como las burbujas que se generan con las olas. Recordé el empate a cero del Mallorca ante el Leganés, fui a fregar los platos, encontré un tornillo en la cocina que en teoría iba en el mueble del baño y me fui feliz a dormir sabiendo que tenía algo para escribir un domingo por la mañana.
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