Notorious

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Música en cuerpo y alma

19/02/2026

Los ojos lejos
Hubo un tiempo —y no fue hace tanto— en que artistas y productores arriesgaban la vida por un espectáculo.
Corría 1982. El gobierno militar perdía apoyo en la sociedad civil, pero Galtieri, presidente de facto, advertía: “Las urnas están bien guardadas y seguirán bien guardadas”.
Mercedes Sosa, exiliada desde 1978 tras ser detenida en pleno escenario durante un recital en La Plata, había deslizado entre amigos su deseo de volver al país y cantar en Buenos Aires.
Daniel Grinbank, 27 años, oyó el rumor y decidió jugársela. No había internet y los teléfonos funcionaban cuando querían. A eso se sumaba la sospecha permanente de que “alguien” estuviera escuchando. Mercedes aceptó sin demasiadas condiciones. La primera odisea fue conseguir teatro: varias salas habían volado por los aires por atreverse a programar propuestas incómodas para el régimen. Daniel aseguraba que tenía el visto bueno de la dictadura; nadie le creía. Finalmente, el Teatro Ópera aceptó el desafío.
El concierto se anunció para el 18 de febrero y muchos se preguntaron si esa sala no sería demasiado grande para una folclorista. Otros no dudaron: corrieron a comprar entradas. En pocos días se agotaron cinco funciones y la fila no se terminaba nunca. Grinbank sentenció: “Esto hay que grabarlo”. Y así fue.
Fueron trece funciones. Un récord para la época. La alegría de volver a escuchar a la Negra y de reconocerse en otros que pensaban lo mismo competía con la paranoia. En la fila nadie hablaba; adentro, con la luz apagada, estallaban las consignas contenidas. Cada noche, un invitado distinto validaba el coraje de quienes, trece veces, se animaron a estar ahí.
A mí me tocó Charly. Otros celebraron a Piero, también recién vuelto del exilio. Estuvieron Gieco, Tarragó Ros y varios próceres del folclore.
Todavía faltaba mucho. Pero ya se veía una luz.

18/02/2026

Loreena & the Banshee
Durante la década del 90 disfrutamos (y padecimos) la segunda invasión celta. Por suerte, esta vez fue solo cultural. Su música se fue colando, de a poco, en el cine y en las bateas; y cuando nos quisimos acordar, ya estábamos invadidos.
Siempre tuvimos una facilidad asombrosa para adoptar modas foráneas (tal vez por nuestro origen náutico, sabiamente diagnosticado por el sociólogo Alberto Fernández).
En brazos y piernas, donde antes había pelos, empezaron a brotar tatuajes con cruces, triquetas y tréboles. Las maternidades se poblaron de Kevines, Brayanes, Dylanes, Kiaras, Ianes y Brendas. Los gallegos, tan celtas como el que más, sacaron pecho y desempolvaron las viejas gaitas. El ímpetu llegó al fútbol y el Tolo sacó dos veces campeón a River (en el ’94 y en el 2000 también). Dicen que incluso Manolito Goreiro, el amigo de Mafalda, le puso “Autoservicio Celta” al viejo y querido Almacén Don Manolo.
Loreena McKennitt, nacida en Canadá el 17 de febrero de 1957, llegó con ese vendaval, pero caló hondo entre quienes nos dejamos mimar por esas melodías con reminiscencias ancestrales, hechas de forma artesanal y con profundo respeto por las tradiciones. Sus discos, editados bajo su propio sello, Quinlan Road, reproducían música auténtica y esa fue, tal vez, la clave de su éxito en una década en la que lo auténtico era un valor cultural fuerte.
A partir de su cuarto álbum, The Visit (1991), se hizo habitué de los rankings y, con The Book of Secrets (1997), acabó convirtiéndose en un suceso mundial. El éxito acompañaba un muy buen momento personal.
Pero todo cambió de repente. Tal vez alguna de sus canciones invocó a la Banshee, espíritu que con su lamento anuncia la muerte. Un año después de haber lanzado su disco más exitoso, su novio murió ahogado al accidentarse su barco en un lago de Canadá. Ese golpe oscureció su corazón y detuvo su vida. Canceló todos sus compromisos y se guardó durante seis años. Cuando volvió, en 2006, lo celta ya era, de nuevo, solo world music.

16/02/2026

Stuck in a moment

Él era todo.
Ellos, todavía nada.

Él ya había grabado discos. Ellos, apenas alguna cinta casera.
Él había pasado por la televisión. Ellos seguían en la Caverna.

Cuando el club de Hamburgo donde tocaban lo contrató como número principal, lo miraban con una mezcla de respeto y fascinación. Sintieron que tocaban el cielo cuando, por primera vez, entraron a un estudio profesional para acompañarlo.

Era junio de 1961.

Bert Kaempfert, A&R de Polydor y futuro director de orquesta célebre, los contrató después de verlos actuar juntos en un cabaret de Hamburgo. El simple de Tony Sheridan and The Beat Brothers, en su edición norteamericana, terminaría convirtiéndose en el más caro de la historia, al superar los 30.000 dólares en una subasta.

Apenas un par de años después, todo se había invertido: Tony Sheridan ya no era nadie. The Beat Brothers eran los Beatles.

Él tenía una carrera en ascenso, pero el éxito repentino y descomunal de ellos lo dejó detenido en el tiempo. Como si el único momento verdaderamente decisivo de su vida hubiera sido aquella grabación.

Intentó seguir. Se acercó al jazz. Buscó su propio camino. Pero la gravedad de los Beatles era demasiado poderosa. Terminó orbitándolos: invitado recurrente en festivales y reuniones organizadas por fans de los Fab Four en cualquier ciudad del mundo.

En octubre de 2001 fue la estrella de la Semana Beatles realizada en el boliche The Cavern, en el Paseo La Plaza. Allí compartió una memorable zapada junto a nuestro “Beatle” Charly García.

Tal vez la frustración lo llevó a recluirse en un pequeño pueblo al norte de Hamburgo, donde murió el 16 de febrero de 2013.

16/02/2026

Del sórdido barrial al cielo
Fue una de las principales figuras del jazz y tal vez el mejor cantante de todos los tiempos. Sin embargo, cuando comenzó su carrera, Nathaniel Coles se avergonzaba de su voz y soñaba con ser un gran pianista. Y lo fue, pero su singular forma de cantar hizo que su talento con el piano quedara en un segundo plano. Dueño de un carisma único, saltó las barreras que dividían a la sociedad norteamericana y se convirtió en el primer afroamericano en tener su propio programa de radio y, luego en 1950, su propio show de televisión. Por esa alta exposición fue objeto de las agresiones de grupos segregacionistas que no toleraban que su música sonara en todos los hogares y trascendiera las fronteras. Su popularidad lo llevó a recorrer el mundo y a realizar largas temporadas como número central en el Club Tropicana de La Habana donde también sintió la discriminación cuando no lo aceptaron como huésped del Hotel Nacional. Josephine Baker había sufrido la misma humillación. Para evitar que el nuevo desplante generara mala prensa en los Estados Unidos, Meyer Lansky, administrador del casino del hotel para la mafia estadounidense, le prometió que tendría una suite en su próxima visita. Y así fue.
Tan cómodo se sentía Nat King Cole en Cuba que decidió grabar la música que escuchaba en las calles. De esa idea surgieron tres discos en español que lo convirtieron en uno de los primeros artistas de eso que luego se llamó “pop”. Pero, cuando estaba en el pico de su carrera, cuando todo lo que cantaba se convertía en oro, un cáncer de pulmón lo trajo de vuelta al mundo real del que se lo llevó para siempre el 15 de febrero de 1965. Tenía solo cuarenta y cinco años.

08/02/2026

Luis Alberto Spinetta murió poco más de dos años después de haber hecho aquello que había jurado no hacer.
No fue el mejor ni el más vendedor, pero sí, definitivamente, el músico más querido de la Argentina.
Un feroz cáncer de pulmón, diagnosticado siete meses antes, terminó con su vida.
El 23 de diciembre de 2011, su hijo Dante hizo pública una carta escrita por su padre, en la que hablaba de su enfermedad. La noticia ya circulaba desde hacía tiempo entre los músicos, aunque sin un diagnóstico preciso.
Creo que todos, al enterarnos, entendimos el maratónico concierto de Las Bandas Eternas del 4 de diciembre de 2009 como una despedida. Aunque tanto Luis Alberto como su familia se encargaron de aclarar que, a la fecha del show, nadie sabía —al menos de forma consciente— de la enfermedad.
Nos dejó el 8 de febrero de 2012. Sus cenizas descansan en el Rio de la Plata, en la costa de su querido Bajo Belgrano.
Ojalá que, cuando a nosotros nos llegue la hora y vayamos a ese lugar al que todos llaman cielo, lo encontremos en su viejo umbral para cebarle unos amargos.
Mientras tanto, seguimos aquí, como ciegos frente al mar.

08/02/2026

Fuerza bruta
Cuando la palabra punk era solo un insulto, aparecieron The Stooges.
Eran hijos de los hippies desencantados. El futuro de paz y amor que sus padres les habían prometido había sido apenas un viaje psicodélico. La realidad era pura y dura.

Se formaron en Detroit, todavía capital mundial de la industria automotriz, que ya empezaba a fisurarse por dentro. El grupo era tan salvaje como su entorno y hacía más ruido que una fábrica de autos. Allí casi nadie entendió su música, así que fueron a buscar a su público a Nueva York, donde empezaba a gestarse una escena alternativa.

Consiguieron un puñado de fans, pero la escasez de ventas y el exceso de sustancias acabaron con ellos.
David Bowie había escuchado sus dos discos y visto algunos de sus shows. A sus amigos les decía que había descubierto a “la banda más peligrosa de Estados Unidos”.

Convenció a su mánager de llevar a Iggy Pop a grabar a Londres. El Duque Blanco venía de sacudir a la industria con The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, y ese crédito fue clave.

El 7 de febrero de 1973 salió Raw Power. El disco fue un fracaso inmediato.
Pero Bowie había encontrado en Iggy a su polo opuesto: uno fino, cerebral y controlado; el otro crudo, desbordado y peligroso. Bowie quería aprender de él. Iggy lo necesitaba para seguir vivo.

Raw Power terminó siendo el disco fundacional del punk e influyó en S*x Pistols, The Clash, Nick Cave, Nirvana y en casi toda la escena grunge.

06/02/2026

¿Puede la música cambiar el mundo?
El 28 de enero de 1985, casi cincuenta de los músicos estadounidenses más importantes del momento se reunieron con la idea de grabar una canción cuyas utilidades servirían para ayudar a las víctimas de una más de las tantas catástrofes humanitarias de África. La iniciativa había sido de Harry Belafonte, cantante, actor y activista por los derechos civiles, muy popular en los años cincuenta y sesenta y ampliamente respetado por la comunidad artística. Hijo de jamaiquinos que emigraron a Harlem a comienzos del siglo XX, Belafonte venía masticando la idea de que los afroamericanos debían hacer algo para ayudar a quienes se habían quedado en lo que alguna vez fue su madre tierra.
Belafonte contactó a Quincy Jones, quien sumó a Lionel Richie y a Michael Jackson, los dos músicos más importantes del momento. Con esa delantera asegurada, el equipo se armó solo. Todos querían participar —mejor dicho, los managers de todos los músicos querían que sus artistas participaran—, incluso los blancos. Esto modificaba la idea original de Belafonte, quien, no sin protestar un poco, entendió que de ese modo el proyecto dejaba de ser una “cosa de negros” para convertirse en algo verdaderamente universal.
El tema, compuesto entre Maicol y Leo Richie, funcionó perfectamente, aunque, vuelto a escuchar hoy, parezca más una publicidad de Coca-Cola que una canción hecha para ayudar a resolver una catástrofe humanitaria.
¿Puede la música salvar el mundo? En total se recaudaron más de ochenta millones de dólares. No cambiaron el mundo, pero le salvaron la vida a más de uno. Quizá el mundo no cambie con canciones, pero sin ellas sería infinitamente peor.

06/02/2026

Positive Vibration
A Robert Nesta Marley le encantaba el fútbol y, mientras estaba de gira, aprovechaba cada tarde libre para jugar junto a los músicos de su banda contra algún improvisado equipo local. Uno de los picados más memorables fue en marzo de 1980 cuando Bob visitó Brasil. Conociendo sus gustos, la discográfica le armó un equipo junto a Chico Buarque, Toquinho, Jacob Miller, cantante de Inner Circle, y Paulo César Caju, exfutbolista profesional, contra Alceu Valença, varios miembros de la discográfica y un músico de Jorge Ben. El equipo del invitado ganó tres a cero con goles de Marley, Chico y Paulo Cesar. Dicen que no era habilidoso, pero que corría cada pelota como si fuera la última vez.
Él sabía que eso podía ser cierto. Un par de años antes, jugando un improvisado partido en Europa, recibió tal pisotón de un crítico de música que tuvieron que llevarlo al hospital. Allí descubrieron que debajo de la uña del dedo gordo del pie tenía un avanzado cáncer de piel. Debían actuar rápido para que la enfermedad no se propagara, pero como la religión rastafari prohíbe cualquier tipo de operación, Marley se opuso. Siguió haciendo su vida como si nada pasara. Muy pocos sabían de su enfermedad, aunque el rumor crecía. El 8 de octubre de 1980, Bob Marley daba su último concierto en Pittsburgh. Todo empezó bien, pero pasada la mitad del show se desvaneció en medio del escenario. El diagnóstico no podía ser peor: Tenía un tumor cerebral. Ya no había forma de disimular la realidad y todo fue empeorando día a día, hasta que el 11 de mayo de 1981, a los treinta y seis años, la humanidad perdía a uno de sus más inspirados músicos. De chico había superado la discriminación de sus pares por no ser tan negro como ellos. En Londres rompió todos los prejuicios que había contra su gente y puso a Jamaica en el mapa para convertirse en el mejor embajador tanto de su música como de su cultura. Finalmente fueron sus propias convicciones las que acabaron con su vida. Había nacido el 6 de febrero de 1945.

05/02/2026

Samurai
Nacido y criado en una casa humilde de una capital pobre del nordeste brasileño, llegó a convertirse en uno de los músicos más respetados de Brasil y del mundo. Nunca estudió música de forma académica, pero hoy sus canciones se analizan en universidades. Nada de eso habría ocurrido si hubiera seguido su primera vocación: el fútbol.
Djavan Caetano Viana nació el 27 de enero de 1949. Casi no conoció a su padre, un viajante que abandonó a la familia cuando él tenía tres años. Fue criado por su madre, una lavandera negra que aliviaba su saudade cantando. Desde muy chico, incluso antes de entender las letras, Djavan sentía en el cuerpo lo que la música expresaba.
En el coro de la iglesia de su Maceió natal empezó a descifrar los secretos de la armonía. Todo de manera natural, sin método ni ambición, porque lo suyo era el fútbol. Jugaba de mediocampista en las inferiores del club local y el barrio entero depositaba en él sus ilusiones.
El giro llegó una tarde cualquiera, cuando un compañero del secundario lo invitó a su casa a escuchar música. El padre del chico tenía un equipo cuadrofónico y una discoteca deslumbrante. Rodeado de sonidos desconocidos, Djavan entendió que la música era un universo infinitamente más grande del que había imaginado. Y decidió habitarlo.
Aprendió guitarra, se fue a Río y la suerte apareció de golpe: el director musical de la Rede Globo lo escuchó cantar en un bar y le propuso grabar el tema de una telenovela. De la noche a la mañana, su voz sonaba en todo Brasil.
Lo fácil habría sido grabar canciones románticas. Pero Djavan tenía otro plan. Desarrolló un método de composición en el que, sin preocuparse por el sentido literal de las palabras, solo se guiaba por su ritmo y musicalidad. Su música no estaba hecha para ser entendida, sino para ser sentida. Y por eso, sin necesidad de traducción, sus canciones terminaron conmoviendo al mundo.

03/02/2026

Perdiendo el control
No sé. Nunca me gustó Miguel Mateos. No podría decir por qué. O tal vez sí. Fue muy exitoso… y eso es casi lo único indiscutible.
Vuelvo a escuchar sus temas y empiezo a encontrar los motivos: letras literales, demasiado directas, sin ironías ni metáforas (aunque muchos artistas que me gustan escriben así); musicalmente se siente como escuchar Radio Aspen: el brillo de los teclados, los coros y los sonidos de batería son un muestrario de los 80 (bueno, como los primeros discos de muchos grupos de esa época); un frontman que se la cree (¿cuál no?). ¿Y entonces?
Tal vez la combinación de todos esos elementos en un outsider. En alguien que no venía del palo del rock y que, para colmo, cometió el pecado de vender casi 500.000 discos con un álbum en vivo que se llevó la cucarda de “el álbum de rock argentino más vendido de la historia” (hasta ese momento, recién destronado cinco años después por El amor después del amor).
Para los que veníamos de un rock contracultural, la masividad siempre despertó sospechas, salvo cuando se trataba de éxito por acumulación: artistas que, después de diez años y varios discos, conseguían saltar del nicho al mainstream. Pero ese no fue el caso de Mateos. El pibe, con su segundo disco, consiguió lo que hasta ese momento no había logrado ninguno de nuestros héroes del rock and roll.
Luego llegó su éxito internacional, con el que batió récords de audiencia en Latinoamérica. Ahí empezó a hablar de más. No había nota en la que no se autoalabara. Cada entrevista se convirtió en una autocelebración. Creo que eso selló su suerte en nuestro medio. En oposición al vuelo de Spinetta, las ironías de Charly, la inteligencia de Cerati o el silencio de Los Redondos, Mateos pecó de soberbio y el público argentino no se lo perdonó.
Miguel Ángel Mateos Sorrentino nació en Buenos Aires el 26 de enero de 1954. Hoy, a sus 71 años, sigue activo, con 1.800.000 oyentes mensuales en Spotify —principalmente de México, Chile, Perú y Colombia—, girando por Latinoamérica y reclamando su lugar en la historia del rock nacional.

30/01/2026

La música de Jobim me transporta a la Avenida Vieira Souto. De un lado, la playa de Ipanema; del otro, los edificios. Un sombrero Panamá en la cabeza y una caipirinha a medio tomar en la mano me acompañan mientras camino lentamente por una vereda de postal. Es un recuerdo inventado de una ciudad amable y relajada que no existe y tal vez nunca haya existido. Esa es su mayor virtud.
Antônio Carlos Brasileiro de Almeida Jobim nació en Río de Janeiro el 25 de enero de 1927. Venía de una familia acomodada, como gran parte del grupo de jóvenes junto a quienes creó la bossa nova. No rechazaban el samba, aunque tampoco se sentían identificados con esa música popular que describía las vivencias de la mayor parte de la población brasileña, marcada por la precariedad y por una relación intensa con el presente. Mezclaron lo que había con el jazz, de moda entre las élites de fines de los años cincuenta, e inventaron una música que terminaría identificando a Brasil en casi todo el mundo.
Menos en su propio país, donde la bossa nova fue una moda fugaz de comienzos de los años sesenta, que se fue tan rápido como había llegado. Para el resto del mundo, en cambio, se convirtió en la banda sonora de una vida ideal: relajada, luminosa y feliz junto al mar. Con el tiempo, y empujada por la demanda de los turistas, la bossa nova volvió a sonar en las calles de Río, aunque muchos brasileños siguieron sintiéndola ajena: para ellos, una música híbrida; para los demás, simplemente imprescindible.

27/01/2026

El pulso secreto del rock argentino
Entre los integrantes de una banda de rock, el más sacrificado suele ser el baterista. Condenado a deambular con sus mil y un chirimbolos de concierto en concierto, debe tener movilidad propia, llegar temprano, acomodarse al espacio que le asignen y, como si se tratara de un bebé inquieto, resignarse al confinamiento de ese corralito durante todo el show. Al terminar, mientras sus colegas charlan con amigos o se chamuyan a una potencial groupie, Bam-bam debe desarmar toda su parafernalia, solo y maldiciendo en silencio.
También suele ser objeto de bromas que degradan su rol: “es el mejor amigo del músico”. El prejuicio está tan arraigado que en la Wikipedia de Oscar Moro dice: “músico y baterista…”. Como si hiciera falta aclararlo. Sin embargo, basta leer el primer párrafo para entender lo fundamental de su trabajo en la historia de la música argentina: Los Gatos, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán, Riff y muchos más.
Su rol siempre fue el de sostener. Como las columnas de un edificio. Cuando miramos una obra de arquitectura, rara vez prestamos atención a la estructura: nos deslumbran los detalles cosméticos. El baterista provee ese armazón invisible sobre el que se apoya el resto de la banda. Cuando la base es sólida, los otros músicos pueden moverse con libertad.
A Oscar Moro lo traté bastante, sobre todo en la época de Serú. Lo recuerdo callado y sencillo, casi ingenuo, con su sonrisa permanente. Tanto en los conciertos como en los ensayos, transmitía sensatez a un grupo humano tan talentoso como desbordado. Su única debilidad era el vino tinto. Y fue, tal vez, eso lo que apagó el preciso metrónomo de su corazón el 11 de julio de 2006.
Tenía 58 años y todavía mucha música por delante. Es su ritmo el que nos mueve cada vez que escuchamos aquellos clásicos. Había nacido el 24 de enero de 1948.

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